Yeah, right! - Writings by Brian Murdock

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September 29, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 14

Una razón por la que me acosté a una hora tan temprana era que sabía lo que nos esperaba. Y es que si quieres descansar bien durante el Camino, la última cosa que haces es pasar la noche en un albergue público, especialmente en agosto de un Año Santo, y sobre todo si tienes un sueño ligero como yo.  Al meterme en la cama pronto, podía contar por lo menos con una posibilidad lejana de pegar ojo. 

            …Enseguida vi que me afrontaba con un reto considerable.  Hubo gente ya dormida, pero también un miríada de actividad.  Gente que se levantaba, gente que se daba vuelta en la cama, gente que tosía y sonaba la nariz y por supuesto hubo los ronquidos, que no falten por el amor de Dios.  ¡Ay, la música! Si en Tuy la sonata no empezó hasta más tarde, esta vez el concierto ya había arrancado y estaba en un momento de máxima intensidad.  Aún sin meterme en la cama, noté como el hombre a mi izquierda, uno de los monitores de los scouts italianos, llevaba la voz cantante y no podía sino admirar sus dotes como tenor.  Pero no estaba solo.  Estaba apoyado por un puñado de músicos colocados en varios puntos de la sala.  Vaya orquesta.  Poco me faltó para ponerme de pie en la litera como Tor sobre una nube y empezar a decir; “¡Hala!  ¡Venga!  No os cortéis.  Todos.  Pero con mayor organización.  Vosotros allí, empezad, más alegría.”  Así iba a hacer pocos amigos.

        Trepé la escalera con la mayor elegancia y coordinación posible para no molestar a mi compañero desconocido en la litera de abajo y para no volcar la litera. Siempre pienso en algunos principios de la física cuando hago estas cosas y me entran espantosas imágenes de una calamidad de grandes dimensiones, conmigo de espaldas en el suelo aplastado por un montón de hierro, colchón, ropa y pasta de dientes. También me parecía importante del modo más elegante posible para parecer un profesional del Camino, aunque en una sala completamente a oscuras, no sé quien se iba a fijar en mí.   Una vez arriba, me metí en mi saco de dormir. 

         Salvo el italiano, la cosa se tranquilizó y logré quedarme dormido bastante pronto, durando hasta por lo menos las dos o tres.  4 horas.  No estaba mal.  Pero una vez más, el monitor me había despertado con uno de sus ataques.  El tío no se callaba. Seguro que si le tapara la cara con mi almohada hasta dejarle tieso la mayoría de los presentes en la sala habrían defendido mi reacción ante un jurado como un acto de legítima defensa, y de cara a Dios, pues dentro de unos días me iba a caer una indulgencia plenaria, pero plenarísima, así estaría cubierto en el departamento de pecados capitales.  Merecía una consideración larga y meditada, pero al final decidí que no era mi forma de actuar.  Si el peregrino acostumbrado a los albergues es un ser con una paciencia descomunal, ¿por qué yo no?

            Eso no era mi única preocupación.  Si una pared ni una alemana para apoyarme, yo me encontraba en la situación técnicamente delicada de tener que evitar una caída de la cama, y no sé lo que opináis vosotros, pero a nadie le divierte eso.  Cierto era que un acontecimiento de ese índole hubiera provocado una buena carcajada del compañero desconocido en la litera de abajo, porque tiene que ser trinchante presenciar cómo un ser de 70 kilos atrapado en un saco de dormir se precipite delante de tus ojos. A mí me gusta ser una persona que aporte alegría en las vidas de los demás, pero tampoco me hacía ilusión acabar como Aitor y hacer cosas raras como fingir que soy una patata, ladrar sin motivo de vez en cuando o una cosa por el estilo.          

           Sobre las cuatro y media, el monitor de los Scouts se despertó, se levantó y se fue a despertar a los suyos.  ¡Qué majete!  El tío pasa la noche haciendo de moto de videojuego y cuando es Game Over, toma, a despertar a todos.  Y así es.  En cuanto se muevan las primeras tropas, toda la sala les sigue. ¿Acaso nadie tenía personalidad? ¿No sabía decir no?  Qué pena.  Yo no iba a hacer lo mismo, y me mantuve en la litera hasta pasada las seis cuando Aitor me avisó con el dedo que tocaba levantarnos.  “¿Qué tal?” Le pregunté.

            “Fatal.” Me dijo. Sus ojos estaban tan rojos que aun en plena oscuridad brillaban como los de esos ninjas fantasmas.  “He dormido en la sala de abajo.  He dormido como dos horas, y estoy de mala hostia, ¿sabes?”  Lo debió de decir en serio porque no paraba de repetirlo.

            No me encontraba mal, sobre todo después de lavarme la cara con agua fría.  Volví a mis cosas y recogí todo con el máximo cuidado y avanzaba bien hasta que me tocara meter el saco de dormir en su saco.  Me hacía falta un instrumento hidráulico, porque si no, no había manera. Soy un inútil total.  O no.  Al final entre Aitor y yo, difícilmente logramos meterlo en su casita.  10 minutos de día y ya estaba agotado. 

            Convencido de que no nos esperaba un desayuno continental en el lobby del albergue con café humeante recién hecho, me tomé un plátano y 600mgs de ibuprofeno y bajé a la calle.  Salimos de Redondela aún de noche, comprando una barra de pan caliente en una tahona por el camino.

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September 25, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 13

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(¡Feliz Cumpleaños,  Andrés!)

Después de dos horas de retraso a la merced de Fräulein solo para coger una cama vieja y chirriante, de encontrarnos separados en la sala de dormir, de tener que descansar en literas de arriba y de ser yo el hazmerreír de un chiste malo del Cielo, teníamos los ánimos un poco por los suelos y buscábamos consuelo en forma de un buena comida.  Vamos, hasta nuestras abuelas hubieran estado orgullosas de nuestra capacidad de reacción. 

          Siendo ya los veteranos en el mundo del viaje, supimos que la mejor manera de buscar un buen sitio para satisfacer nuestras necesidades no era salir por la puerta y entrar en el primer restaurante que pilláramos, como hacía la mayoría de los peregrinos, sino preguntar a un lugareño sabio y, sobre todo, gordo.  Lo encontramos y éste nos condujo a un sitio por el centro, de aparente sencillez por fuera. Y por dentro, ya que lo pienso.  Muchos sitios ofrecen un menú del peregrino, lo que se traduce en un par de platos de precio módico y de calidad sospechosa.  Nuestra tasca, sin llegar a ser espectacular, sí supo alimentarnos satisfactoriamente.  Durante el almuerzo, Andrés expresó ciertas dudas sobre nuestra decisión de dormir en el albergue y las comunicó con estas palabras: ¿Qué coño hacemos allí?

          “Hombre,” contesté con ánimo.  “Esto es lo bonito del Camino.  Es una parte casi imprescindible.”

          “Eso es,” añadió Aitor mientras mojaba pan en su salpicón de marisco. “A mí me encanta este concepto.  Vives el Camino.  Conoces a gente nueva…Esas cosas, ya sabes.”

         “¿Y eso qué importa?”

         “Pues quieras que no”, expliqué,  “esta gente está viajando con nosotros.  Forman parte de nuestro Camino.  Qué menos que dedicar un poco de nuestro tiempo a nuestros hermanos caminantes.”

         Andrés no estaba convencido.  “Pero yo no estoy viajando con ellos.  Estoy hacienda el Camino con vosotros.  Para eso he venido.”  Me jodió su respuesta porque aunque no estaba del todo de acuerdo con ella, ni con él, me había gustado mucho y me había convencido, por lo menos, de que tampoco tenía toda la razón.  ¡Hay que fastidiarse!    

        Terminamos la comida, salimos con otra cara y dimos un pequeño paseo antes de meternos otra vez dentro del albergue.  Ya la cosa estaba más tranquila dentro.  Muchos se habían aseado de alguna forma y, o bien estaban por ahí comiendo o explorando, o estaban tendidos en la cama descansando.  Me metí en el baño, me duché,  no sin numerosísimas complicaciones mientras buscaba sitios para colocar todas mis pertenencias mientras me mojaba.  Me sentí como un inútil total.  Luego salí, cogí la ropa sucia y la lavé en la pila con una uña de jabón de Lagarto que compartíamos.   Como ya habían llegado otros antes, apenas quedaba sitio para tender, y fuera en el balcón estaba totalmente prohibido (Norma número 534 según Fräulein.)  Una infracción en ese sentido hubiera supuesto Dios sabe cuántas horas en el calabozo.  Y ya, por fin, me encontré limpio y ordenado, y en vez de tumbarme decidí dar un paseo por allí.  Bajé a la recepción y tímidamente pregunté a Fräulein por información sobre el pueblo.  Ella estaba más amable entonces y me ayudó mucho.  Le di las gracias y salí a la aventura.

         Redondela tiene, de entrada, más que ofrecer al visitante que O Porriño, aunque hay que señalar que de monumentos tampoco va sobrado.  Su mayor atracción son dos viaductos de tren gigantescos, de unos 150 años, cuyos arcos masivos atraviesan el centro.  Uno de ellos estaba en desuso ya, pero según la historia fue producto de un arquitecto que en algún momento fue acusado de haber hecho mal los cálculos y, como consecuencia,  hacer nula la utilidad del puente.   Al enterarse, se quitó la vida cuando resulta que el viaducto valía perfectamente.  Bueno, hay varias versiones de la historia, pero todas acaban con esa tragedia así que esa parte debe de ser cierta.  Por lo menos es la parte más llamativa.  Desde luego son muy curiosos, pero vamos, no van más allá que eso. 

         De todas formas, el resto del centro es muy atractivo.  Tiene un buen puñado de calles viejas y bonitas, unas iglesias interesantes, una alameda estupenda e incluso una playa.  Fräulein me había indicado cómo llegar y seguí al pie de la letra la información hasta un punto donde creo que me despisté, porque acabé en un puerto normal con una playa del tamaño de un patio de columpios para niños pequeños y un bar de esos en los que te esperas encontrar a Ernest Hemingway fumando, bebiendo y haciendo Dios sabe qué.  Pues allí mismo planté el culo, pedí un café cortado y me puse a escribir una notas para esta historia, quizás con esa imagen como inspiración.  Pero poco me inspiré porque a los 15 minutos lo dejé, dando por fracasado el intento.  Si no te sale, no te sale.   Y ya está.

        En ese momento me llamó Aitor, que ya estaba por allí en búsqueda mía. Se acercó también, tomamos un refresco y planeamos la tarde.  Como teníamos que estar dentro del albergue a las 22.00 como muy tarde, decidimos que sería una buena idea comprar unas cosas en un súper, un par de botellas de vino e incluso algo de fruta para el postre y el desayuno del día siguiente.  Era nuestro propósito esa  tarde reducir gastos y calorías, y nos sentimos orgullosos de nuestra autodisciplina. 

         Volvimos al centro y nos encontramos con Andrés, que estaba ya preparado para la tarde.  Le contamos nuestro plan y enseguida propuso una empanada.  Nosotros nos habíamos acordado de un par de panaderías, pero primero tomamos un café y consultamos  a un camarero de un bar, quien nos informó del mejor sitio.  Lo encontramos.  Tiene una empanada de chocos que ha ganado muchos premios.  El choco es la comida estrella de Redondela.  De hecho, hay una fiesta del choco todos los meses de mayo.  Fuimos al sitio y dejamos a Andrés para que se encargara de la compra.  Salió con cinco tipos (para hacer una degustación) de empanada por valor de unos 40 euros.  4 kilos en total.    

         Fuimos a misa, pero por el camino del Camino vimos a tres jinetes peregrinos subir la calle sobre tres caballos inmensos que hacían  clop-clop-clop, lo cual era una novedad para mí.  Tres caballos preciosos. La misa fue breve, como suelen ser en un lunes, y al terminar fuimos a que nos pusieran el sello santo.  El cura estaba encantado de que hubiera algún peregrino presente allí, y nos puso la estampa con mucha alegría.  Volvimos al bar, tomamos unas cervezas y compramos dos botellas de vino, que el muy listo nos cobró a precio de restaurante.  Hay que joderse con el suplemento del peregrino.   O sea, junto con las empanadas, la broma nos salió por unos 80 pavos en total.  ¡Vaya día de ahorros! 

         Luego entramos en nuestra casa para esa noche.  Aún no daba crédito porque era de día todavía y no tenía sentido.  Pero así eran las normas.  Fräulein nos dijo que podíamos quedarnos en la sala de abajo hasta las once, pero que a partir de las once era mejor que no.  Acabó por caerme bien.  Lo mismo era el síndrome de Estocolmo. O no.

         Entramos en la sala y pusimos los cuatro kilos de empanada en la mesa.  Siendo lo generosos que somos, invitamos a todos a participar, pero pocos se animaron.  Realizamos la degustación y los resultados fueron:

                       1er Premio: La empanada de chocos (naturalmente)

                       2º: La empanada de carne

                      3º: La empanada de zamburiñas

                      4º: La empanada de atún

                      5º: La empanada de algo más pero no me acuerdo de qué sabor, con lo cual os podéis imaginar la impresión que nos causó.

                  Después me quedé en una mesa trabajando un poco con la historia, pero  seguía sin salirme.  Se notaba que no era mi día para escribir.  Aitor y Andrés entablaron una conversación con los chicos de Coruña, que para entonces tenían la ventana abierta para poder fumar.  Como estábamos en un bajo,  de allí salían a la calle y entraban a placer.  ¡Ay, si Fräulein se enterase!

                        Y yo, siendo un niño bueno esa noche, subí a acostarme a las once.

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September 21, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 12

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(¡Feliz Cumpleaños “Javier”!)

Muchas veces los peregrinos se levantan pronto para poder terminar antes y así evitar vivir los últimos kilómetros bajo un sol estival severo y cruel.  Esto es especialmente aconsejable cuando las etapas superan los 30 kilómetros, pero también se puede aplicar a cualquier distancia.  El clima de Galicia es algo más suave que el de Castilla, donde la meseta se convierte en un horno gigantesco, pero también es más húmedo y bochornoso.  Eso hace que la caminata al final de la jornada sea larga e incómoda, con lo cual tiene mucho sentido querer llegar al destino lo antes posible. 

          Pero no es la única razón.

          Partir antes de que los gallos canten también incrementa las posibilidades de llegar al siguiente pueblo importante con el tiempo suficiente para pillar una cama en el albergue público.  A 5€ la noche, os aseguro que es un premio muy codiciado por los frugales.  También explica porqué yo tenía serias dudas sobre hacer el Camino en un Año Xacobeo, y presentaba mis argumentos meses antes cuando estábamos debatiendo el tema.  A pesar de gozar de la oportunidad de limpiar mi alma de todo mal, temía afrontarme con el reto diario de tener que luchar con un noruego por un rinconcito con un colchoncito.  Y eso que me gusta el concepto de los albergues.  Me gusta la calidad humana que fomenta.  Lo que pasa es que en un año como este, no lo veía nada claro.    Sencillamente, me negaba a competir con mis co-caminantes.  El Camino no se trata de eso… 

         Los albergues no abren sus puertas hasta las 13.00.  Sin duda esto en parte se hace para poder limpiar y fumigar un poco; pero también me gusta pensar que es una manera de darnos a todos una oportunidad de obtener un lugar donde dormir.  Así los jóvenes fuertes y rápidos no pueden levantarse a las seis de la mañana, ir corriendo por la pista y hacerse con todas las camas antes de que los viejos, gordos y lentos como nosotros podamos llegar. 

          Desafortunadamente, no evita que la gente salga pronto y haga cola una vez allí con el mismo fin.  De hecho, eso es justo lo que pasa.  Para mí, es un tema que está por solucionar porque no reduce la competitividad y nerviosismo, y encima te hace perder toda la mañana.    Lo dejo en el buzón de sugerencias.     

          Cuando nosotros llegamos a Redondela a las 12.20 ese día, ya había un número considerable de peregrinos por delante de nosotros.  En realidad no había una fila clara, más bien algo parecido a una ameba.  Nosotros nos plantamos en la única parte que asemejaba a una línea y no nos movimos.  Aitor sacó su guía de información inagotable y nos informó de que según ella había sitio para unas 55 personas (otra persona nos oyó y dijo que según su guía de información inagotable, hasta 64).  Echamos un vistazo y calculamos poco más de 25, así que respiramos hondo sabiendo que estábamos dentro del límite.   

          A la una en punto el albergue seguía cerrado pero se veía que estaba a punto de abrir.  De repente ocurrió lo que siempre pasa en esas situaciones.  Resulta que la multitud de gente delante de nosotros tenía amigos y en algunos casos muchos.  La fila se hinchó como un globo de agua.  Pero lo peor no fue eso.  Resulta que las guías de información inagotable habían exagerado escandalosamente la cifra de camas disponibles y que en vez de ofercer más medio centenar, solo había 42…como mucho.  Así nos lo confirmó de forma gritada la encargada del albergue una vez estábamos dentro y esperando.  Era una mujer con gran potencial de voz y mando, os lo aseguro. 

          La cosa pintaba mal.  Muy mal.  Algunas personas se ponían inquietas y nerviosas ante el temor de perder una plaza.  Hubo murmureos que a continuación se convirtió en gruñones y luego en protestas bien airadas y voceadas.   “¡Dios!” me dije a mí mismo.  “Vamos a estar a palazos de aquí a poco.” Y agarré mi palo de andar por si tuviera que sujetar algún noruego contra la pared.  Cuando se trata de una cama barata…nadie es tu amigo.

          La encargada nos hizo entrar en la sala grande y formar una especie de fila sinuosa que recorría por toda el espacio, un poco como las de los aeropuertos pero sin el cordón y por tanto más peligrosa.  En caso de un disturbio nadie saldría vivo.  Era una mujer guapa y de una constitución algo menuda pero fuerte y fibrosa.  Tenía una actitud muy clara sobre cómo había que tratar a los peregrinos, que no era muy diferente a cómo se trata a ganado.  Poseía unas aptitudes organizativas impresionantes y si lo hubiera querido habría sido una fantástica jefa de prisión.  Sus destrezas comunicativas también eran imponentes.  De hecho, creo que su primera palabra era algo así como “Achtung!”

          Pues no veas cómo 40 adultos nos pusimos firmes al oír sus órdenes.  Lo que había sido un grupo multitudinario a punto de convertirse en un enloquecido bando de gentío cabreado, acabó siendo una manada de peregrinos dóciles y obedientes.  Durante unos siete minutos la mujer vomitó tal cantidad de reglas y procedimientos y con tanta eficacia que no hubo forma humana de meter baza.  Nos habló de la prioridad de los peregrinos…de los discapacitados, los que van a pie, a caballo y en bicicleta, de la manera de poner la maleta, de cómo escoger la cama, de cómo colocar la ropa lavada, donde no ponerla, cómo usar el agua, la ducha, el váter, el salón, las sillas, y así sin parar…Dios, era mareante.  Y para terminar espetó con mucha garra unas palabras que casi nos dejan tiesos.  “Y por supuesto, los que llevan coche de apoyo, que se olviden del tema, porque ni de coña van a encontrar cama.  Ya sé que os conocéis.  Si sabéis algo, que me lo digáis.”

          Ya está.  Estábamos bien jodidos.    Veréis.   En esa misma sala estaban también las francesas, las que nos habían visto poniendo nuestras mochilas en mi maletero el día anterior, y estaban convencidas de que nosotros usábamos un coche de apoyo.  Los de coche de apoyo eran los apestados del Camino.  Lo más vil.  Los tramposos.  Ellas estaban colocadas casi a la cabeza de la fila, pero por el sistema de pliegues, nos encontrábamos casi face-to-face.  Y como la muy maja de la encargada pedía que nos dilatáramos, vi cómo se acercaba una situación bien fea. Alcé la vista hacia ellas y sonreí tontamente pero nos clavaron una mirada con mucho, ¿cómo os lo puedo describir?, pues…odio. Eempecé a rezar, porque sabía que en cualquier momento las chicas podrían chillar, “¡Fraulein! ¡Fraulein!  ¡Son ellos! ¡Son ellos!  ¡Ellos tienen un coche de apoyo!  ¡Llamad a la SS!” 

          Pero por algún milagro, posiblemente porque les faltaban datos de verdad, no dijeron nada.  No por eso dejaban de hacernos sentir despreciados.  Me sentía más pecador que nunca. ¡Y esta vez, no había pecado!

          Después de que Fraulein nos organizara, aun tuvimos que esperar otra hora para que nos asignara una cama, porque de las 42 plazas, nosotros éramos los números 39, 40 y 41.   Andrés, al que no le hacía gracia esta idea del albergue desde el principio, estuvo a punto de estrangularnos.  Por fin llegamos a la mesa donde Fraulein eficientemente nos recibió y nos proporcionó un lugar para descansar nuestros huesos después de 15kms de caminata y dos horas de espera. Nos entregó a cada uno un juego de ropa de cama, que acababa siendo unos sobres de gasa a lo bestia, y subimos a encontrar una cama, lo cual no era nada fácil porque solo quedaban lo justo, con lo cual no podíamos elegir.  El problema pincipal lo tenía Aitor porque no era capaz de dormir en una litera de arriba porque de pequeño había sufrido algún accidente, o no sé qué, y aún no se había recuperado del todo de la experiencia. 

          “¿Cómo que no te has recuperado?” Pregunté.  “¿Eso que quiere decir?  ¿Qué tienes lagunas mentales y se te olvidan los pronombres cuando hablas? ¿Qué andas por ahí como una gallina de vez en cuando?”

          “No.  Simplemente que me da miedo caerme de una cama?”

          “¿Caerte?  Pero si eres más alto que la cama…”

           “Da igual, tío.  Cada uno tiene sus traumas.”

            “Es verdad.  Pues nada.  Hoy has tenido mala suerte porque mira lo que te ha tocado,” dije señalando a una litera de arriba.

          “Ya.”

          Yo por el otro lado pensé que había corrido una suerte muy diferente.  Miré el resto de la sala y vi cual era la que me correspondía a mí.   Hay que saber que, en estos albergues, meten tal cantidad de camas que parecen una lata de sardinas.  Muchas literas están tan juntas las unas a las otras que tienen poco margen de movimiento por si buscas un poco de intimidad. 

         La cama libre que yo vi estaba junta, pero vamos pegadísima,  a una donde había una alemana rubia de unos veintetanto años tumbada y en pantalones cortos y camiseta sexy.  Vamos, una cama doble para que nos entendamos.  Ella estaba leyendo algo, pero para ser justo, no me preguntéis qué porque la situación me estaba impactando tanto que no podía centrarme.   No es que tuviera pensado hacer nada malo…pero, ya me entendéis, la emoción del momento pudo conmigo.

          “¡Dios!” Exclamé por dentro. “Existes de verdad.”  Dejé caer mi mochila y palo de andar y justo cuando estaba levantando los brazos para dar gracias al Señor por su generosidad y reconocimiento de un esfuerzo mío bien realizado ese día, a pesar de ser el pecador que era, recibí un pequeño empujón que me echó de lado como en una jugada de hockey sobre hielo.  Pasó otra señora, ya bastante más mayor que ella, pero seguramente de la misma procedencia y colocó con fuerza todas sus pertinencias.  ¡Qué suerte! Debio de ser su madre.   Me había equivocado.  Mi cama era la siguiente, la de al lado, aislado y en un universo propio.  ¡Vaya con el bromista del Señor!

    

Memories of a Pilgrim with No Direction (English),Spain,Travel

September 19, 2010

On the road: Memories of a Pilgrim with No Direction 20

Everyone had their particular wish and desire on the Camino; Aitor’s was stomping around the countryside when it was pitch black out.       

           “It’ll be great!” he said enthusiastically to our dumbstruck faces.  “Something new and different.”  It would stir other senses in our bodies, he added.  We would have a chance to enjoy the Way among the mystery of darkness.  

             What this also meant was that we would have to wake up at some ungodly early hour. 

              For some unimaginable reason I said I thought was a good idea too, but that’s because I am known to speak before I think.  And it certainly didn’t seem like such a winner at 5.30 the next morning when Javier’s alarm started beeping frantically like a bomb about to explode.  It was start of the fifth day (or the end of the fourth night depending on how you looked at it) and the long-term effects of the daily adventures and early rising were beginning to take their toll, and for a second I wished I was at some Swedish spa resort.  By now, I popped my daily Ibuprofen ration to 600mg, just for good measure, and downed with no other breakfast but a piece of fruit.   Javier and I then quietly got our things together.  I had become quite efficient at organizing myself over the past few days:  I would just throw everything into the same bag and toss it into the backpack. 

             We emerged from the hotel and set off beneath the orangish illumination of the street lights, which became sparser as the town fell behind us.  We weren’t the only ones out there.  As usual, some of the early birds from the albergues intent on grabbing a bed in the next town had taken to the road too, but for the most part, things were pretty quiet.            

            Now, I want to make it cleear that I did my best to keep an open mind about things, but I gotta say that hiking through the countryside in pitch blackness just doesn’t do it for me.  You can’t enjoy the scenery they you can in broad daylight and, if you are a myopic middle-aged knucklehead like me, on more than one occasion you end up fumbling around for a Way stone to indicate a direction.  It just wasn’t fulfilling.  I needed to see more than just a few stars and planets lurking in the damp air.

           Aitor and Javier picked up speed and before we knew it they had disappeared into the darkness, with just about everything else as far as I was concerned.   The good thing about heading out just before dawn, though, is that eventually it will get brighter.  Now, those were the tones that I enjoyed.  The constantly changing shades of gray and blue treated us to something “new and different” every minute.  Definitely beats crawling around and squinting like Mr. Magoo for a painted arrow somewhere.

          Finally we came to a place whose owner I felt had a solid head on his shoulders.  About 100 yards before we encountered a sign saying: “Bar Peregrino, straight ahead.  Open for breakfast at 7:00 a.m. every day, come and visit us. We love you!”  Now that was what I called advertising and good business sense.  Here, most places were closed at this hour even though hundreds of potential and I mean VERY potential customers passed by every day, and the restaurant owners couldn’t be bothered with serving up a little service.  It made no sense to me.  Was it really what my friends had said that the Gallegos don’t get up early?  They sure did in O Porriño. 

           This was actually a couple who knew what it was doing.  They are probably in the Canary Islands enjoying a well-deserved break for the winter after all those summer early rises…then again, knowing the Gallegos, being untiring workaholics (once they open their bars, that is) they are still plugging away at the old family business.  In any event, Andrés, who had decidedly opted not to try and keep up with Aitor and Javier, and I trekked up to the top of a hill and entered the cafeteria.  A whole slew of us were in there.  The brothers from Huelva, some Germans, the couple from Argentina and Valencia.  We all greeted each other and then we sat down for some coffee and chocolate pastries to really recharge the batteries that morning.   Andrés popped a cigarette out of the pack for a smoke.  Just then I saw I had a missed cal from Aitor so I gave him a ring.  “What’s up?”

          “Hey.”

          “Where are you?”

          “We’re in a bar a few kilometers up the road.  Kilómetro 33 or so.  Where are you?”

          “Jesus.  You really got far.  Hold on.  ‘Andrés can I have some sugar please?  Thanks.’  We’re going to be here for a little bit.  Where should we meet?”

           “We’ll wait for you.”

            “Really?  You sure you want to do that?  It might take us a while.  ‘Andrés, here’s your chocolate doughnut.’”    

            “That’s all right.  Just try to make it quick.  You see, I left my money in Andrés backpack.  We haven’t got a dime.”

           “Really? That’s sorry to hear.  Hold on.” I told Andrés and we muffled the phone so they couldn’t hear our laughter.   “OK, we’ll be there soon.  Hold on.” 

              I hung up.  “Want another coffee?”

             “Sure.”  Oh, well.  That was the nature of the Camino.  You can rush and rush, but you never knew if it was going to get you there any faster.  They were screwed.

             I was just kidding about the coffee.  I am a sinner of great sinning but I occasionally have a heart.  We did stick to the Camino though.  Javier had suggested that Andrés cut down the distance by taking the highway instead of the long route, but Andrés was not at all for that.  If he had come that far and not been buried yet, then he wasn’t going to cheat.

          The route we took was through a small and pretty village, there are so many of them along the way, it never seemed to surprise me just how I never tired of them.  We rounded the corner and ambled up the street for barely a minute when a old man approached us and said, “¿Buenos días?”

           “I don’t want scallop shells thanks,” I replied as a knee-jerk reaction. 

           “Are you from Teruel?”

           “Excuse me?  Do I look like someone from Teruel?  Do I sound like someone from Teruel?”

            Andrés took over and said that we were from Madrid.

            “Just asking.  ‘Cause I was there during the war.”  Teruel, that tiny obscure city from the eastern part of Spain, was the scene of one of the harshest battles of the Spanish Civil War.  The man certainly looked old enough to have fought there, albeit as a very young warrior.  He had also been present at a number of the other major battles towards the end of the war.  I am a student of history, and from what he was telling me, it could have been true, though you never know with old people.  They have a tendency to get fanciful with their facts as they get on.  But it was fun to listen to him all the same.  Just then one of the German women walked by.  She was blonde and pretty, not at all fat but well-rounded, the kind that drives Spanish men crazy, because they find them so voluptuous.  She walked by, smiled and said hello.  Then she kept going.  The old who hadn’t lost a smidgeon of his verve for eying females, spied her for about 50 yards before noting, “Boas patas y boas orellas, señal de boa besta” which translated from Galician means something like, “Good legs and good ears, sign of a good beast!”   There was no doubt he approved of her.  What would the Austrian tortilla poet have thought of that technique?

               The man talked on for a little longer, but then we slowly but surely cut him off because by now the owner of the bar was probably threatening Javier and Aitor to play with doing something nasty with a walking stick if they didn’t pay up, but we still had one more person to meet.  This was one of the other German girls.  She must have been traveling with the “besta” though I hardly ever saw them together.  I had seen her a couple of times and and felt she was a rather cold and distant person because she hardly ever said more than a unfelt hello, which is uncharacteristic of the Camino.  At the same time I was intrigued, because she was a fairly large woman, with ample hips and used to walking sticks as if she were doing cross-country skiing.  What had amazed me the most was her stamina, her persistence, her fight.  I started up a little chat with her.  She indeed was from Germany and she and her friend had started down in Oporto, some 230kms away.  She was a nice girl and had a good sense of humor.  Noticing that she walked with a slight limp, I asked her how she was feeling, and she told me that she had reached a point of stability where her aches and pains were no better but no worse either.  “We’ve had time to get to know each other and have learned to accept each other.”

        Amen!

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September 18, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 11

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A las 6.30 de la mañana saltó el alarma de mi móvil y dije algo así como “¿Dónde coño estoy?” porque, por norma, no tengo costumbre de despertarme en el suelo de una terraza de un hotel, o por lo menos sin haber estado de juerga la noche anterior.  Eso me pasaba por haber viajado a tantos sitios en 48 horas. Había perdido toda noción de mis sentidos.  El hotel.  El hotel.  Era verdad.  Estábamos en el hotel.  Sé perfectamente que no mola, desde un punto de vista purista, ser peregrino y huésped en un hotel, pero a mí me daba igual porque a nadie le he prometido que esto sería una especie de guía para los super machos del Camino.  Se hace cómo se puede y ya está.  Además una cama cómoda no quitaba el hecho de levantarme a primera hora todos los días en medio de mis vacaciones para caminar 20 kilómetros con 7 kilos de peso encima en pleno calor de verano.  Así que nada, me estoy intentando justificar mediante una justificación penosa…no pasa nada.

            En fin, esa mañana me quedé en la cama un ratito más pero Andrés me despertó a los 10 minutos y antes de poner los pies en suelo, puso un cigarrillo en la boca, y me dijo, “Que sepas, macho, tú también roncas.”

            “¿Yo?” dije sorprendido como si hubieran acusado a mi madre de robar latas de aceitunas.  “¿Qué dices?”

            “Sí tú,” confirmó Aitor con convicción. 

            “Imposible.  Soy de Greenwich, Connecticut, y en mi ciudad no me dejan roncar, os lo aseguro.”

            “Pues llevas mucho tiempo fuera de allí, porque roncas como un búfalo,” me dijo Andrés al final con levedad y un guiño del ojo.  Será así supongo.  Pero no tengo constancia de él. 

           Nos vestimos rápido y bajamos a la cafetería a desayunar.  Pedí mi versión standard de menú peregrino: café con leche, un bollo, y 600mg de Ibupofreno.  Me sentó de maravilla.  Luego me puse mi pañuelo azul que un querido amigo de Villanueva de los Infantes me había regalado en las fiestas de las Cruces de Mayo.  Era mi look personalizado del Camino.  Cada uno debería tenerlo.

          Salir de O Porriño resultó ser más difícil que nos esperábamos.  Al parecer el pueblo tiene un gran sentido de humor y no veía necesario colocar flechas y deambulábamos un rato antes de encontrar una indicación clara.  A poco de reengancharnos, entramos en un tramo de la carretera principal.  Un tramo común, como lo llaman, cuando los peregrinos y los coches coinciden.  Era la hora punta de mañana y el tráfico estaba muy activo, por no decir terrorífico.  No dispongo del número de coches que hay en Galicia, pero calculo que por lo menos la mitad circulaba por O Porriño esa mañana.  ¡Y de qué manera! ¡Dios!  Los vehículos que venían de frente se acercaban a tal velocidad que, al pasar, me encontraba implorando en voz baja “Señor.  ¡Llévame contigo!” Esta gente no solo no frenaba al vernos, ni siquiera soltaban el acelerador.  Es más, juraría que algunos tenían una especie de sonrisa diabólica.   Me cagaba de miedo, de verdad.

          Sentía este temor sobre todo cuando se trataba de los camiones. No deja de sorprender las velocidades a las que viajan esas monstruosidades, especialmente en las curvas donde los principios de la centrifugación dictan que el vehículo, con toda probabilidad, se deslizará fuera de la pista hacia ti donde tú como ser humano (y esto es especialmente importante tener en mente) tendrás grandes dificultades para detenerlo, por muy beato que seas (Véase san Telmito).   No obstante, es una prueba de fe para ti como peregrino porque el más mínimo fallo de cálculo por parte del conductor o algún defecto mecánico del motor que se tenía que haber reparado meses antes, podría resultar en que te encuentres ¡Plas! aplastado sobre el parabrisas y yendo en el sentido contrario de tu peregrinaje.  Podrías ser un peregrino, digamos, sin rumbo. 

          Yo me entretenía imaginándome agarrado a la ventana y mirando por el rabillo del ojo a dos pasajeros dentro de la cabina del camión, impactados por lo que acababa de suceder. 

         De repente, el de  diría al otro con su acentiño gallego, “Oye Manolo.  ¿Qué demonios é alí na ventana?”

          Y Manolo contestaría.  “Me parece un peregrine.”

          “E qué fai un peregino na ventana, home?”

           “Eu que sei!” diría Manolo con una risa tonta.  “Pero le di bien esta vez.  Saludémosle.  Bos días caminante! Cómo che fai?”

          Y yo, aún bajo los efectos de mi Ibuprofeno, no notaría todavía el dolor de los huesos rotos dentro de mi cuerpo, y también le desearía buenos días a mi manera y le propondría unas cuantas maneras de pasarlo y a donde pondría para pasarlos.  

          El hombre en el asiento de pasajero pondría una cara de intentar entenderme.  “Mueve los labios.  Está intentando decirnos algo.  ¿Qué pasa peregrine?  No te oímos.”

          Así que gritaría por fin.  “¡Idos a tomar por saco y dejadme bajar!”

          “No lo oigo nada.  Vamos, quitémoslo de en medio que no veo donde está la salida.”

          “Vale.  Y daré con un poquiño de fluido y luego barreré con el parabrisas. Jiji.”

          Muy bien.  El muy gracioso.  De todas formas, yo por si acaso, me alejaba todo lo posible del bordillo. 

          Tardamos un poco, pero por fin salimos de ese caos y retornamos al Camino que añoraba y me encontraba mucho mejor.  El sendero nos condujo a una aldea pequeña llamada Mos, que tenía una casa señorial restaurada muy bonita en su centro.  También había un albergue para peregrinos.  Paramos en una cafetería para desayunar algo.  La mujer que la llevaba, Lola, era muy amable y muy habladora.  Se notaba que le gustaba mucho su oficio.  Nos contó todo lo que uno puede decir de sí mismo en 15 minutos, y al final, ya estaba sacando el álbum de fotos.  Debió de ser una cocinera maravillosa que hasta un austriaco le dedicó unos versos a su tortilla de patata.  Me enseñó la poesía y todo.  Vamos, desde luego estos austriacos saben de verdad cómo ligarse a una mujer.

          Unos metros más allá, iniciamos lo que se podría llamar nuestro primer encontronazo con una subida de consideración.  Verás, aunque ese día tocaba otra etapa corta de unos 15 kilómetros, casi de risa, había una diferencia esta vez.  Tenías que superar una cuesta modesta, que a fin de cuentas nunca es modesta si subir cuestas es algo que no haces con frecuencia.  El monte no era alpino ni en altura ni en dificultad, y tampoco haría falta veinte minutos más para cocer un pastel, pero hay que reconocer que había unas rampitas bastante majas.  Andrés, al ver lo que le esperaba soltó por primera vez un energético “¡hostias!” y se disponía a escalar lentamente cogiendo un ritmo que le venía bien a él.  Tomábamos nuestro tiempo, y aunque a mí me resultó bastante manejable, reconozco que las colinas tienen una manera de ser que les hace parecer interminables, por muy bajas que sean.  Andas y andas, y crees que ya has llegado, pero nada.  Y andas algo más para ver qué pasa.  Y por fin estás.  

         Por mucho que me gustara subir el monte, me sobraba totalmente bajarlo.  Sin lugar de dudas alivia el esfuerzo que has hecho justo antes, pero solo para provocar otro.  Descender requiere que emplees todo tu cuerpo para evitar que te tropieces, caigas y termines la bajada rodando como una bola de carne y mochila con todas tus pertinencias adelantándote por el camino.  Como consecuencia aumenta el estrés sobre las articulaciones, y a mí me preocupaba en particular la rodilla porque fue un fallo en ese punto lo que causó mi infierno particular el año anterior.  Con más de noventa kilómetros por delante, no estaba dispuesto a experimentar semejante sufrimiento.

          En este caso, las rampas eran especialmente empinadas por tanto adopté una táctica de zig-zag por la carretera para reducir el pendiente.  No sé si parecía más profesional o a un idiota total.  Pero conseguí llegar abajo, al igual que los demás, ilesos.  Solo faltaban un par de kilómetros para la entrada de Redondela, donde decidimos que pasaríamos nuestra primera noche en un albergue público.   Que tiemble el Apostal. 

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September 13, 2010

O Camiño: Diario de Un Peregrino sin Rumbo 10

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Ahí lo tenéis, amigos.  El primer día fue un exitazo.  Es verdad que solo caminamos unos 15 kilómetros, una mariconada para el Camino, pero era lo mejor para asegurar que nuestros cuerpos llegaran bien.  No hubo muertes.  Ni abandonos.   Ni ampollas como cúpulas.  Había buen feeling, como Dios manda en el Camino.  Yo, por mi parte, estaba especialmente agradecido por haber usado zapatillas en vez de esas botas castigadoras.  No valen para caminar.  Valen para discapacitar.  Además, el Camino Portugués es sobre todo asfaltado y si poco servían en otras partes, ahora menos, macho.

            En general me encontraba estupendamente.  Se ve que los ejercicios que hacía con las abuelas en los parques para la tercera edad daban resultado.   Tendría que llamarlas para decírselo.  Las mismas buenas sensaciones tenían mis compañeros, que estaban más que enteros aunque, eso sí, Andrés pidió que intentáramos no pisar tan fuerte en los últimos metros, y se lo prometimos.

            El Camino estaba sorprendentemente tranquilo teniendo en cuenta las fechas, y los 250.000 no aparecían por ninguna parte.  Me esperaba algo así como la Calle Goya en Navidades, pero peor porque la gente va armada con bastones que clavan.  Pero no fue así.  En los 10 primeros kilómetros, estábamos casi solos, y luego de repente empezaban a aparecer.    Había  todo tipo de peregrinos, pero predominaban los italianos.  Vamos, que me parecía que no quedaba ninguno en su país.  

            El resto de la tarde fue algo más surrealista.  Llevé a los dos a Tuy para que pudieran coger el coche, y volví a Lalín.  Ellos se quedaron con la misión de intentar colarme en un albergue público, cosa nada fácil porque el albergue no se abría hasta las 13.00 y yo me iba antes.  Además no suelen adjudicar una cama a quien no esté allí presente.  Vamos, que nunca lo hacen. Yo lo entiendo, de verdad, pero de todas formas les dejé mi credencial por si acaso. Faltaba una carta de mi madre diciendo que soy un buen chico, pero lo mismo tengo suerte.

            Volví corriendo a Lalín y llegué justo antes de la hora prevista.  Gracias a Dios, estas cosas nunca empiezan a la hora; se puede decir que me sobraba casi una hora.  La Comunión fue muy bonita y la comida posterior larga, amplia, profunda y muy, muy completa.  Aproveché todo lo que pude porque no sabía cuándo podría disfrutar de una buena comilona, y al levantarme, noté cómo mi torso se estiraba medio metro mientras la parte inferior de mi cuerpo se mostró incapaz de moverse. 

            Aitor me llamó por la tarde y me dijo que me buscarían sobre las ocho de la tarde, pero no aparecieron hasta las nueve.  Mientras tanto, yo me transformaba de Brian, chico chic de communion, a Brian, hombre agreste y desastre del Camino.  Mi atuendo de peregrino estaba sin lavar.  No quería perder ni una gota de sudor.  Por lo menos para ese día.  Me despedí de mi familia una vez más, se estaba convirtiendo en hábito esto, y marchamos otra vez.

             Tenía ganas de volver al Camino.  Unas ganas locas.  Lo cual no quiere decir que no me lo hubiera pasado muy bien en la comida familiar.  Lo que pasa es que es tremendamente difícil mezclar las dos cosas.  O bien estás en el Camino, o bien no estás…

            Mis co-expedicionarios me dijeron que habían fracasado en su intento de reservar una cama, por tanto pasaron del tema.  No me sorprendió para nada. La gente que lleva esos albergues es bastante inflexible en esos temas, sobre todo en fechas claves.  Tiene sentido también.  Si no, un grupo de, digamos seis, podría enviar al más rápido para que cogiera camas para los demás que “venían de camino”.  Y eso es por no mencionar al más listillo que aparca el coche lejos y llega jadeando y pidiendo alojamiento barato.  Así que no merece la pena poner cara de santo y decir: “Brian es un tipo estupendo y ha hecho la etapa rezando diez rosarios mientras venía para acá”.  Les importa un pepino.  “No hay Brian.  No hay cama.”

           Así que, sin posibilidad de dormirnos a lo espartano, aceptamos heroicamente la opción de pasar la noche en un hotel.  Encontraron una triple que salía a 18€ por cabeza, todo un chollo a mi modo de ver las cosas.  Por tan solo unos seis euros más que el albergue privado, disfrutamos de un baño particular, televisor, cama cómoda, etc.   Después de pasar el día corriendo por todas partes, me sonaba a gloria. 

           Entramos en O Porriño sobre las 10.30 de la noche y teníamos hambre.  Bueno, después de mi comilona, yo no, pero estaba dispuesto a colaborar con mis compañeros.  Muchos sitios deprimen el ánimo un domingo por la noche, y O Porriño no decepcionó en ese sentido.  Parecía que no íbamos a encontrar un sitio, pero tuvimos la suerte de toparnos con una tapería que por fuera prometía poco, pero que nos dejó más que satisfechos al terminar.  Fue abundante, eso os lo aseguro, y aunque no tenía mucha hambre al principio por culpa de la comida, me fui animando incentivado por el temor de que no volvería a comer igual de bien en los días venideros. 

        Después de dejar la cocina casi vacía, volvimos al centro, aparcamos el coche de Andrés y dimos un paseo hacia el hotel.  En el centro centro,  O Porriño, lo que es el centro, centro más céntrico, no está nada mal.  Incluso tenía algo de encanto, pero poco  espacio.  Irónicamente, uno de los hijos predilectos de la villa fue un arquitecto que llegaría a diseñar, entre otras cosas, uno de los edificios más emblemáticos y fotografiados de Madrid.  Se llama el Palacio de Comunicaciones y es la creación de Antonio Palacios.  La casa particular de Palacios es ahora la alcaldía de Porriño y es, sin lugar a dudas, el sitio más interesante de O Porriño. 

           Otra vez, era casi la una cuando nos metimos en la cama.  No había manera de hacer esto bien, y ni siquiera teníamos la excusa de habernos ido a Portugal.  La triple era en realidad una doble con una cama supletoria.  Una de las mayores ventajas de la habitación fue el balcón, que era más bien una terraza.  En búsqueda de un sueño profundo, empujé la cama hacia allí y encontré un lugar tranquilo.  Me sentía de maravilla por volver al Camino.  Me acosté con ganas de dormirme cuanto antes para poder levantarme pronto y echarme al Camino de nuevo, y me prometí que no volvería a alejarme de allí demasiado nunca más en lo que quedaba de viaje.  El aire estaba fresquito.  Atractivamente fresco.  E incluso podía ver algunas estrellas aunque ya me había quitado mis gafas.  

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September 11, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 9

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Se describe la etapa corta entre Tuy y O Porriño como una de las menos atractivas de las últimas antes de llegar a Santiago y tengo que reconocer que, en muchos aspectos, se cumplieron las expectativas.  Por eso estaba contento de quitármela de en medio el primer día.  No todo fue tan horrendo, desde luego.  La primera parte estaba bastante agradable, con muchas aldeas, una capilla bonita para admirar, un paisano o dos para saludar y unos trechos de campo y bosque para atravesar.  Hasta allí bien.  Fue una buena oportunidad para calentarse, circular la sangre y poner en forma los músculos y las articulaciones para que no acabáramos la semana matándonos los unos a los otros.  Aitor llevaba la conversación con su habitual alegría y hablaba de lo mucho que el Camino significaba para él y de lo grande que iba a ser la semana que nos esperaba.  Andrés, por su parte, estaba animado pero tomaba cada kilómetro con cierta circunspección mientras intentaba hacerse una idea de lo que significaba ser un peregrino físicamente hablando.

            Lo más interesante de la primera parte desde el punto de vista histórico y cultural era un pequeño puente medieval, que llevaba el temible nombre de “el puente de los Fiebres”, donde San Telmo se enfermó seriamente durante su peregrinaje a Santiago allá por el año 1251.   Telmo fue llevado posteriormente a Tuy donde moriría unos días después.  La buena gente de Tuy como muestra de agradecimiento al hombre por haber estirado la pata en su ciudad le nombró patrón, y se celebra su fiesta cada año el lunes siguiente al Pascua.   Hay una breve inscripción grabada en una piedra cerca del puente que cuenta la historia y es una conmovedora crónica de la fe, pero también un mensaje descorazonador a los fieles. Personalmente, a mí me decía: “los peregrinos llevan muchos años muriendo en este Camino, incluso los piadosos, así que ¡Ojo, pecador! y tú podrás ser el siguiente.”  No es precisamente el tipo de cartel que quieres ver a 110 kilómetros de tu meta. Además observaba que el agua debajo estaba casi muerta, inerte, estancada hasta más no poder.  Me imaginaba todo tipo de bicho volador y bacteriano preparándose para lanzar un ataque letal y llevarme a mi tumba.  De todas formas, era el único monumento de cierto interés por la zona así que no quisimos irnos sin alguna forma de testimonio así que dos caminantes de habla francesa nos sacaron una foto.

         A parte de eso, había poco reseñable en el Camino esa mañana, lo cual no nos molestó porque en general lo que queríamos era entrar en el ambiente de los peregrinos.  Cuando llevábamos un poco más de la mitad entramos en una zona abierta con una cafetería y unas mesas de picnic.  Casi no pintaban nada allí, pero de alguna manera era nuestro último contacto con la naturaleza antes de entrar en la zona a O Porriño.    Aitor sacó de la nada un buen cacho que queso y algo de pan.  El hombre era todo un mago cuando se trataba de proveernos con la alimentación necesaria para mantenernos en forma.  No sé cómo lo hacía ni cómo lo conseguía pero era como una especie de despensa con patas.  Nos lo comíamos muy a gusto y lo acompañábamos con una botella de agua fresca mientras entregábamos al gato de turno unas migas y éste las aceptó con suma gratitud. 

          Después descendimos una cuesta y anduvimos por una calle hasta entrar en un recto de unos 3 kilómetros de naves industriales.  Era una señal inconfundible de que estábamos entrando en O Porriño.  El polígono representa una de las características más conocidas de esta pequeña ciudad, lo cual te da una idea de cómo es en general.  Todo el mundo me decía lo mismo cuando les preguntaba sobre el lugar: ”Sí, bueno, verás, está bien, vamos que no está mal, digamos, tiene una zona industrial muy grande, eso sí, pero muy, muy grande ¿eh?.  ¡Grande!  Es muy difícil apreciar lo que son 3 kilómetros de almacenes hasta que pasas, no caminas, por ellos.  Desolador. 

         Esta calle constituye lo que puede ser uno de los tramos más feos del Camino en Galicia.  Pero no le puedo culpar a O Porriño.  Después de todo, los tiempos modernos han proporcionado otro destino para él.  La industria de su valiosísimo granito ha permitido que la comunidad prosperara como pocas en la zona, así que ¿qué más les daba el Camino?  Lo entendía perfectamente, aunque me daba pena.  Pasaban del Camino, y el Camino se lo admitía.  Por el otro lado, pasaban del Camino y el Camino pasaba de ellos.  Los peregrinos seguían llegando. ¡Qué remedio!

         Hasta ese momento, la jornada suponía poco más que un paseo ligero, y hubiera seguido así de no haber sido por las prisas que tenía yo de llegar para luego marcharme a Lalín.  Por tanto en ese recto, metí caña pensando que quedaba poco para llegar.  Andábamos y andábamos y andábamos y no veíamos el final.  Luego cruzamos  por encima de la autovía, y luego seguíamos otro recto.  Había casas y comercio, todo lo que podía parecer una zona urbana, pero no parábamos de caminar.  Por fin pregunté a uno por dónde estaba el centro y nos dijo que primero teníamos que entrar en O Porriño. 

         “¿Entrar?” pregunté con asombro.  “Pero yo pensaba que ya estábamos allí.” 

         Sí hombre. Eso es amigos míos.  Así es la naturaleza del Camino.  Estás allí, y a la vez, no estás allí.  Y cuando piensas que por fin estás, casi nunca te falta un poquito más. Requiere mucha paciencia, que fue justo lo que me faltaba ese día.  Así que, me frustré y empecé a andar a toda pastilla.  Por fin logramos nuestra meta, pero, en parte, a costa de la felicidad de Andrés, que hasta ese momento iba muy bien pero que no esperaba tanto empeño.  Llegó unos minutos después de nosotros muy cansado y con una cara enrojecida como si una camarera alemana de Oktoberfest le hubiera dado diez bofetadas.  Como siempre, habló con la suma educación que le caracterizaba cuando preguntó: “Hola chicos,” hizo una pausa para respirar antes de seguir.  “¿Soy yo o es que habéis ido un poco rápido al final?”

         “Tienes razón, chico.  Pero la culpa es mía.”

         …Poco después nos encontramos al lado del albergue donde estaba mi coche.  Mientras tirábamos nuestras cosas en el maletero, las dos peregrinas francesas pasaron, nos vieron y empezaban a regañarnos con el dedo.  “¿Qué pasa, eh?” Dije.  “¿No se puede?”  Repitieron el gesto y se fueron.  

          Enseguida me di cuenta de nuestro error: No dejes tu coche al lado de un albergue.  Piensan los peregrinos que estás usando un coche de apoyo, y si no tienes pinta de necesitar un coche de apoyo, no les hace mucha gracia. 

         Yo estuve a punto de chillar.  “No es lo que parece.  No sabéis.  Así que podéis dejar la tontería del dedo, ¿eh?”  Pero hubiera quedado peor, te lo aseguro, sobre todo porque no sé decir esas cosas en francés.  Así que a la porra con todo.  Era nuestro Camino, no el suyo.

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September 7, 2010

O Camiño: Diario de peregrino sin rumbo 8

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Forma una parte de la vida de cualquier peregrino sensato levantarse pronto para recoger sus cosas y seguir con su viaje a pie a Santiago.  Esto es especialmente importante durante los meses de verano cuando uno quiere llegar a su destino antes de que haga demasiado calor y el sol empiece a tostar la nuca de su cuello. Es una labor tediosa y aburrida, de eso no cabe duda, pero si quieres hacer el Camino, no hay manera de evitarlo.  Te fastidias.  Para poder realizar este rito día tras día y no acabar siendo un irascible ser insoportable por falta de sueño, se aconseja mucho descanso; y para eso se necesita acostar pronto.  En este sentido, en precisamente este punto, habíamos fracasado estrepitosamente la primera noche.

          A ver.  Después de irnos a otro país en vez de a nuestros aposentos, llegamos a la cama a la una, lo cual quería decir que nos quedaban como mucho unas cinco horas de estado inconsciente antes de empezar el nuevo día…eso, por supuesto, si todo iba perfectamente perfecto.  Me tocaba a mí la litera de arriba, encima de la de Aitor.  La cama era una porquería.  ¿Incómoda? Vamos, como si hubiera sido diseñada por un torturador.  Tenía sábanas, una almohada y creo recordar una manta (no me esperaba menos, después de todo, era un albergue privado), pero allí se acabaron los lujos.  Los muelles chirriaban horriblemente y cada vez que giraba el cuerpo sonaba como si se cayera una batería entera de cocina.  Además las ventanas estaban abiertas, y aunque esto ayudaba a refrescar la habitación, también permitía que entrase cualquier ruido de la calle, y os aseguro que un sábado por la noche todo el mundo estaba por ahí. 

         Por muy molesto que pudiera parecer todo aquello, nada tenía que ver con la guerra de ronquidos que se estalló esa noche.  Hay que reconocer que tanto Aitor como Andrés me habían avisado sobre esa eventualidad, y Dios les bendiga, se ve que son hombres de su palabra.  Yo, como espectador (o mejor dicho, oyente) me hallaba en una situación de poder realizar una especie de análisis entre los dos.  Aitor tomó la iniciativa.  Empezó suavemente para disimular y luego lo convirtió en algo parecido a agua bajándose por un desagüe.   Andrés se animó poco después.  El suyo era largo, algo controlado, pero continuo, y me recordaba a un mamífero grande en plena hibernación.  Juntos, llenaban la habitación con una celebración de emisiones nasales-bucales que rara vez se ha oído en la vida, así que decidí poner fin a semejante escándalo y utilicé la estrategia de dividir y conquistar.  Fui primero a por Aitor por estar más cerca.  Cogí mi almohada y empecé a darle con una ráfaga de golpes pero el muy cabrón (dicho con cariño, por supuesto) había encontrado cobijo en el rincón opuesto de la cama justo fuera del alcance de mi arma. 

         Por tanto, tuve que bajar mi brazo por el otro lado, entre la pared y la cama, y atacar por ese lado, que fue cuando me topé sorprendentemente con su mano.  La tenía casi en plena suspensión.  Debió de ser su forma de dormir.  Fuera como fuese, me vino de cine y la cogí y la sacudí.   Aitor se medio-despertó y me dijo con voz de esas personas que llevan varios años vendiendo pulseras de cuero en Tarifa: “¡Hombre!  ¿Qué paaaasa?”

         “¿Que qué me pasa? ¡Pues que te den!   Deja de roncar de una vez, macho.”

          “Vale, vale.  Paz, hombre.”

          Paz hombre.  El muy gracioso.  Paz era lo que quería y que no me daba.  Y eso que no estábamos solos.  Recordad que había nuestro visitante, nuestro alien particular, que no era una modelo brasileña ni uno de Francfort repasando el año fiscal en su fase REM.  Y gracias a Dios ninguno de nosotros fue encontrado al día siguiente con su cabeza cortada y metida en un saco, por tanto supongo que tampoco era un psicópata.  Era una mujer y, por lo que deduzco, es posible que tuviera una fuerte discapacidad auditiva porque no me explico cómo no salió gritando ¡socorro!

          Se levantó sobre las cinco, eso sí, recogió sus pertinencias con mucho cuidado, echó su mochila pequeña sobre su espalda y salió en silencio.  Por culpa de la oscuridad, solo podía discernir la silueta de su cuerpo pero me parecía fuerte y en forma.  Una profesional del Camino, pensé.  Me figuro que ese día iba a llegar hasta Redondela a 30 kms de Tuy.  O eso o estaba hasta la coronilla de los ronquidos y no nos aguantaba más…lo cual era perfectamente posible.  El caso es que no la volvimos a ver jamás.

         Sobre las seis todos empezábamos a movernos y a poco tiempo el albergue entero estaba lleno de actividad.  Aquí nos encontramos con uno de los principales defectos del albergue, que era que como todo el mundo se levantaba más o menos a la misma hora, y con un solo cuarto de baño para 26 camas (ergo personas), pues imaginaos el caos.  No me lo puedo explicar.  Eso no podía ser legal.  

         …Nos costó arrancar.  Se notaba que era nuestro primer día, y yo por mi parte me sentía especialmente torpe a la hora de organizarme.  No encontraba nada.  Quitaba y metía las cosas en el macuto como diez veces sin saber muy bien porqué, pero al final casi todo estaba listo.  Solo faltaban las zapatillas.  Primero apliqué una crema anti-ampollas que Aitor juraba funcionara y que de no usarlo mi vida podría convertirse en un infierno.  “Parece lexatín para los pies,” le dije.

         “Algo por el estilo.”

         Lo usé totalmente convencido que no servía de nada, pero por si acaso…pues ya sabes. 

         Abajo desayunamos en el bar del albergue.  Había más peregrinos y casi todos nos mirábamos con mucha curiosidad.  ¿Quiénes eran?  ¿Nuevos como nosotros?  ¿Veteranos de etapas anteriores?  Fueran quienes fuesen, iban a ser nuestros compañeros para los próximos seis días y nuestra curiosidad era natural.

         Al salir se veía la llegada de luz del día.  Eran casi las siete y media…tarde para muchos, pero como la etapa iba a ser corta, no hacía falta partir antes. Era tremendamente emocionante empezar todo.  Sentía como si un rayo de energía me atravesara el cuerpo.  Respiré hondo el aire fresco de la mañana.  Hice unos estiramientos leves en preparación.  La semana anterior había pasado un par de veces por uno de esos parques de ejercicios para gente de la tercera edad y hacía unas cuantas repeticiones en presencia de las abuelas, ya sabes, para presumir un poco, así que me estaba encontrando bastante en forma.  A ver qué nos esperaba. 

         Me puse mi mochila.  No hay nada como la sensación de pasar los brazos por las asas y sentir el peso del macuto reposar sobre tu espalda.  Por lo menos, en ese momento, sentaba de maravilla.  Coloqué mi pañuelo sobre mi cabeza y cogí mi palo de andar que había comprado en Taramundi el año anterior.  Tenía arriba una brújula que no funcionaba, pero impresionaba mogollón de todos modos.  Sacamos unas fotos para inmortalizar el momento y arrancamos.  Bajamos por la calle clavando los palos en la calzada mientras andábamos.  Me encanta el sonido de clic-clac que producían sobre los adoquines.  Me encanta ese sonido por la mañana.  Suenan, sencillamente, al Camino.

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September 4, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 7

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Nuestra expedición nos llevó hasta el punto de salida que fue Tuy, que como ciudad medieval, es de primera categoría.  Si la piedra te hace, esto es el lugar para ti.  Las calles, los edificios, los palacetes, las iglesias, las tiendas, escaleras y casas son todos recuerdos petrificados de un pasado glorioso…o supongo que es glorioso porque la verdad es que no he investigado casi nada sobre el tema y lo mismo ha sido saqueado una docena de veces a lo largo de la historia, yo qué sé.  Pero sí es monumental, de eso no cabe duda.  Hasta la catedral se parece a un castillo.  Recomendaría este lugar a cualquiera aun si no vaya a hacer el Camino.

         Era una pena que no me diera mucho tiempo explorarlo porque llegamos tan tarde, casi a las 22.30.  Aparcamos el coche de Andrés, entramos en nuestro albergue privado y solté mi macuto encima de cama litera. 

         Debo advertir que el uso de la palabra “privado” sugiere un grado de exclusividad y lujo que no se encuentra en los albergues públicos, pero os puedo asegurar que todo es muy relativo.  Pero, vamos, sí había unas cosas positivas.  Por 12 euros, es decir 7 más que el precio de un albergue público, se podía reservar una cama con antelación, que no es ninguna tontería en esas fechas.  Tampoco tienes que dormir en una sala con 30 personas como si estuvieras en la mili.  Las habitaciones suelen ser de 4 ó 6 personas, lo cual no quiere decir que vayas a tener tu propio espacio. En nuestro caso, éramos tres y había cuatro camas, con lo cual íbamos a tener a invitado/a esa noche.  Una especie de Octavo Pasajero con palo y viera.  Un alien.   Esto creaba un aire de misterio y aventura, por no decir emoción.  Podría ser casi cualquiera, desde una desconsolada modelo brasileña cuyo novio le acababa de dejar (como era nuestro deseo) a un asesino psicópata fugitivo en busca de otra víctima (como era nuestro temor); pero lo más probable era que fuera un contable alemán llamado Nils.  Por eso teníamos que contener nuestras imaginaciones.

          El albergue tenía un toque de queda a las 22.30 horas, una restricción de lo más anti-español.  ¿En qué país estábamos?  ¿Noruega?  Entiendo que nosotros peregrinos tenemos que descansar, pero aún no habíamos empezado y no teníamos nada de sueño.  Después de hablar con la gerente, conseguimos una llave y permiso para llegar más tarde y fuimos a cenar en el restaurante más conocido de Tuy (O Cabalo Furado), de alguna manera, para brindar el comienzo de nuestra aventura y, de paso, alimentarnos bien porque nunca se sabe cuándo uno va a poder comer como Dios manda.  Cenamos pimientos de padrón, tortilla de patata, empanada, pulpo, dos kilos de chupetón, cerveza, vino, tarta de café y un licorcito para terminar.  Nos levantamos y les dije, “No sé que vosotros, pero macho, tengo que dar un paseo antes de acostarme.”  Y creo que acabé la frase con un buen eructo. 

            Tuy es realmente bonito.  Una preciosidad de ciudad.  Y por la noche, gana mucho.  Al ser sábado y verano, las calles estaban especialmente animadas.  Íbamos por aquí y por allá, de repente, nos encontramos en la carretera principal que iba a Portugal.  “¡Portugal!” grité.  Claro.  Estaba al lado.  “Pues hay que ir.”

         Era lógico. ¿Quién iba a empezar el Camino Portugués sin haber pisado tierra lusa?  Aitor decía que se estaba haciendo tarde, lo cual era su manera de decir, “Ni de coña pienso ir hasta Portugal ahora,” pero sintiéndome un poco caprichoso, insistí en ir y llegué a convencer a Andrés a que me acompañara. 

         Aitor no era tonto.  Sabía que Portugal quedaba más lejos que parecía.  Bajar hasta el puente suponía alejarnos unos 2 kilómetros de nuestras camas, y luego había que cruzar el Miño, que por esas alturas no es precisamente lo que uno puede llamar un arroyo.  El puente es mítico. Mítico por su estructura metálica, mítico por su vía de tren que pasa por encima de la vía para los coches, y mítico según tengo entendido por sus gigantescos atascos cuando aún era una frontera controlada por guardias.  Me encantaba.  Parecía uno de esos puentes que los aliados siempre querían volar durante la Segunda Guerra Mundial.   Es magnfico.

            Andrés y yo llegamos al otro lado hasta la ciudad portuguesa de Valença do Miño y creo que hice algo estúpido como besar el suelo y llenar mi boca de arena seca.  Luego sacamos fotos al lado de un cartel que ponía sin equívoco el nombre del país donde estábamos.  Era justo donde quería empezar mi peregrinaje.  El comienzo de verdad. Y supongo que me correspondía expresar algo profundo y trascendental, algo histórico, algo que podía contar a mis hijas y mis nietos con orgullo, pero hay que confesar que la única cosa que me salía en esos momentos se trataba de una necesidad cuya resolución era inminente: “Tengo que mear…¡pero ya!”

         Triste, ¿verdad?  Ojalá la vida te proporcionara situaciones más oportunas en estos casos, pero el Camino desde el principio te enseña que no tiene por qué ser así.  Ni eso, ni nada.  Nunca. 

         Y así me encontraba. Había tomado en el restaurante una cerveza de tamaño de una bañera y su contenido se estaba haciendo efecto sobre mi sistema. Y en ese momento, la cosa se estaba poniendo fea.  Creo que mi cara se había puesto azul.

            Andrés propuso que lo hiciera allí mismo, pero me dio cosa.  “Tío, no puedo hacer eso.  Acabo de llegar a este país, y voy a salir de él dentro de unos minutos.  No me veo haciendo esto a los pobres portugueses.  Simplemente, no lo veo.  Sería como decirles ‘Oye, vuestro país es para mí un gran retrete.’  No puedo hacer eso.”

            “Entonces, ¿Qué piensas hacer?  ¿Mear en España?  Tampoco me parece.”

            “Pues fíjate tú.  De alguna manera, hacer pis al otro lado del puente sería como orinar en casa con mi gente, ¿sabes?  Me encontraría más a gusto.”  Así que, sin más palabras elocuentes sobre la grandeza de nuestra futura proeza, me eché a correr y volví a tal velocidad que ni los polis en la comisaría binacional en la frontera me vieran, y allí, debajo de algún eucalipto inocente, me alivié en un acto extraño de solidaridad, patriotismo y paz. 

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September 1, 2010

O Camiño: Diario de un peregrino sin rumbo 6

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Todo hasta ese momento estaba bien organizado y preparado.  Solo quedaba un asunto por resolver respecto al primer día: yo tenía que estar en una primera comunión en Lalín a 100kms de nuestro objetivo a las 13.30.  Asistir al acontecimiento no solo ponía en duda mi participación en esa etapa, también peligraba mi oportunidad de conseguir la Compostela y de paso mi indulgencia plenaria de todo lo que había hecho mal hasta la fecha.    

         Eso me dejó con un buen número de opciones entre la cuales tenía que elegir:

         1) Saltarme la primera etapa y juntarme con ellos a partir de la segunda etapa, desde O Porriño.  La única pega era que al llegar a Santiago habría caminado 98 kilómetros, dos menos que el mínimo, y ni de coña iba a andar durante 5 días solo para quedar a cuatro pasos de conseguir un perdón eterno, por no hablar de llevarme a casa un certificado chulísimo con mi nombre escrito en latín.

         2) Saltarme la primera etapa y hacer doble etapa el lunes, desde Tuy a Redondela, ¿30 kilómetros en la primera jornada?  Sí, hombre.  Ya había aprendido esa lección el año anterior.  Sería más fácil que me disparase a mí mismo en las rodillas en vez de sufrir siete horas de tortura.  Va a ser que no.

         3) Ir a la comunión y salir corriendo hasta Tuy esa tarde para hacer la etapa solo antes de que se hiciera de noche.  Ese plan era factible y mi idea original, puesto que la etapa solo tenía 15 kilómetros y era más que alcanzable.  El problema: los banquetes familiares gallegas son especialmente abundantes, y recorrer ese tramo de campo después de haber sido expuesto a semejante cantidad de comida podría resultar con un helicóptero de protección civil buscando a mi cuerpo exhausto tumbado boca abajo sobre un muro.  No lo veo.

         4) Levantarme pronto…vamos, madrugar, y llevar el coche hasta Tuy, realizar la etapa y volver a Lalín para la comunión, asistir a la misa y comer como un cerdo, volver al Camino por la tarde.  La parte que más me gustaba del plan (os aseguro que no era levantarme a las 5:30 de la mañana) era que podría completar la etapa con el resto de mi equipo y que me sentiría una parte del Camino desde el primer minuto.  Eso es muy importante.  Lo que pasa era que…pues a las 5:30 tan calentito en la cama…madrugar…como que no…que les den.

         5) Hacer el mismo plan pero salir la noche anterior.  Esto sí que me parecía sensato.  Es verdad que suponía irme un día antes, pero visto desde todos los puntos de vista, era lo correcto. 

         De modo que esperé como un soldado raso el llamamiento de Aitor para movilizarnos, lo cual se produjo sobre las siete de la tarde. Primero iríamos a O Porriño, dejar mi coche cerca del albergue de peregrinos para tenerlo a nuestra disposición al día siguiente, y de ahí a Tuy para hacer noche. Me despedí de mi familia, haciendo hincapié en los propósitos espirituales de redención y otras razones nobles para justificar abandonarles en plenas vacaciones, y después me subí al coche y marché.

Había empezado.