Yeah, right! - Writings by Brian Murdock

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September 18, 2010

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 11

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A las 6.30 de la mañana saltó el alarma de mi móvil y dije algo así como “¿Dónde coño estoy?” porque, por norma, no tengo costumbre de despertarme en el suelo de una terraza de un hotel, o por lo menos sin haber estado de juerga la noche anterior.  Eso me pasaba por haber viajado a tantos sitios en 48 horas. Había perdido toda noción de mis sentidos.  El hotel.  El hotel.  Era verdad.  Estábamos en el hotel.  Sé perfectamente que no mola, desde un punto de vista purista, ser peregrino y huésped en un hotel, pero a mí me daba igual porque a nadie le he prometido que esto sería una especie de guía para los super machos del Camino.  Se hace cómo se puede y ya está.  Además una cama cómoda no quitaba el hecho de levantarme a primera hora todos los días en medio de mis vacaciones para caminar 20 kilómetros con 7 kilos de peso encima en pleno calor de verano.  Así que nada, me estoy intentando justificar mediante una justificación penosa…no pasa nada.

            En fin, esa mañana me quedé en la cama un ratito más pero Andrés me despertó a los 10 minutos y antes de poner los pies en suelo, puso un cigarrillo en la boca, y me dijo, “Que sepas, macho, tú también roncas.”

            “¿Yo?” dije sorprendido como si hubieran acusado a mi madre de robar latas de aceitunas.  “¿Qué dices?”

            “Sí tú,” confirmó Aitor con convicción. 

            “Imposible.  Soy de Greenwich, Connecticut, y en mi ciudad no me dejan roncar, os lo aseguro.”

            “Pues llevas mucho tiempo fuera de allí, porque roncas como un búfalo,” me dijo Andrés al final con levedad y un guiño del ojo.  Será así supongo.  Pero no tengo constancia de él. 

           Nos vestimos rápido y bajamos a la cafetería a desayunar.  Pedí mi versión standard de menú peregrino: café con leche, un bollo, y 600mg de Ibupofreno.  Me sentó de maravilla.  Luego me puse mi pañuelo azul que un querido amigo de Villanueva de los Infantes me había regalado en las fiestas de las Cruces de Mayo.  Era mi look personalizado del Camino.  Cada uno debería tenerlo.

          Salir de O Porriño resultó ser más difícil que nos esperábamos.  Al parecer el pueblo tiene un gran sentido de humor y no veía necesario colocar flechas y deambulábamos un rato antes de encontrar una indicación clara.  A poco de reengancharnos, entramos en un tramo de la carretera principal.  Un tramo común, como lo llaman, cuando los peregrinos y los coches coinciden.  Era la hora punta de mañana y el tráfico estaba muy activo, por no decir terrorífico.  No dispongo del número de coches que hay en Galicia, pero calculo que por lo menos la mitad circulaba por O Porriño esa mañana.  ¡Y de qué manera! ¡Dios!  Los vehículos que venían de frente se acercaban a tal velocidad que, al pasar, me encontraba implorando en voz baja “Señor.  ¡Llévame contigo!” Esta gente no solo no frenaba al vernos, ni siquiera soltaban el acelerador.  Es más, juraría que algunos tenían una especie de sonrisa diabólica.   Me cagaba de miedo, de verdad.

          Sentía este temor sobre todo cuando se trataba de los camiones. No deja de sorprender las velocidades a las que viajan esas monstruosidades, especialmente en las curvas donde los principios de la centrifugación dictan que el vehículo, con toda probabilidad, se deslizará fuera de la pista hacia ti donde tú como ser humano (y esto es especialmente importante tener en mente) tendrás grandes dificultades para detenerlo, por muy beato que seas (Véase san Telmito).   No obstante, es una prueba de fe para ti como peregrino porque el más mínimo fallo de cálculo por parte del conductor o algún defecto mecánico del motor que se tenía que haber reparado meses antes, podría resultar en que te encuentres ¡Plas! aplastado sobre el parabrisas y yendo en el sentido contrario de tu peregrinaje.  Podrías ser un peregrino, digamos, sin rumbo. 

          Yo me entretenía imaginándome agarrado a la ventana y mirando por el rabillo del ojo a dos pasajeros dentro de la cabina del camión, impactados por lo que acababa de suceder. 

         De repente, el de  diría al otro con su acentiño gallego, “Oye Manolo.  ¿Qué demonios é alí na ventana?”

          Y Manolo contestaría.  “Me parece un peregrine.”

          “E qué fai un peregino na ventana, home?”

           “Eu que sei!” diría Manolo con una risa tonta.  “Pero le di bien esta vez.  Saludémosle.  Bos días caminante! Cómo che fai?”

          Y yo, aún bajo los efectos de mi Ibuprofeno, no notaría todavía el dolor de los huesos rotos dentro de mi cuerpo, y también le desearía buenos días a mi manera y le propondría unas cuantas maneras de pasarlo y a donde pondría para pasarlos.  

          El hombre en el asiento de pasajero pondría una cara de intentar entenderme.  “Mueve los labios.  Está intentando decirnos algo.  ¿Qué pasa peregrine?  No te oímos.”

          Así que gritaría por fin.  “¡Idos a tomar por saco y dejadme bajar!”

          “No lo oigo nada.  Vamos, quitémoslo de en medio que no veo donde está la salida.”

          “Vale.  Y daré con un poquiño de fluido y luego barreré con el parabrisas. Jiji.”

          Muy bien.  El muy gracioso.  De todas formas, yo por si acaso, me alejaba todo lo posible del bordillo. 

          Tardamos un poco, pero por fin salimos de ese caos y retornamos al Camino que añoraba y me encontraba mucho mejor.  El sendero nos condujo a una aldea pequeña llamada Mos, que tenía una casa señorial restaurada muy bonita en su centro.  También había un albergue para peregrinos.  Paramos en una cafetería para desayunar algo.  La mujer que la llevaba, Lola, era muy amable y muy habladora.  Se notaba que le gustaba mucho su oficio.  Nos contó todo lo que uno puede decir de sí mismo en 15 minutos, y al final, ya estaba sacando el álbum de fotos.  Debió de ser una cocinera maravillosa que hasta un austriaco le dedicó unos versos a su tortilla de patata.  Me enseñó la poesía y todo.  Vamos, desde luego estos austriacos saben de verdad cómo ligarse a una mujer.

          Unos metros más allá, iniciamos lo que se podría llamar nuestro primer encontronazo con una subida de consideración.  Verás, aunque ese día tocaba otra etapa corta de unos 15 kilómetros, casi de risa, había una diferencia esta vez.  Tenías que superar una cuesta modesta, que a fin de cuentas nunca es modesta si subir cuestas es algo que no haces con frecuencia.  El monte no era alpino ni en altura ni en dificultad, y tampoco haría falta veinte minutos más para cocer un pastel, pero hay que reconocer que había unas rampitas bastante majas.  Andrés, al ver lo que le esperaba soltó por primera vez un energético “¡hostias!” y se disponía a escalar lentamente cogiendo un ritmo que le venía bien a él.  Tomábamos nuestro tiempo, y aunque a mí me resultó bastante manejable, reconozco que las colinas tienen una manera de ser que les hace parecer interminables, por muy bajas que sean.  Andas y andas, y crees que ya has llegado, pero nada.  Y andas algo más para ver qué pasa.  Y por fin estás.  

         Por mucho que me gustara subir el monte, me sobraba totalmente bajarlo.  Sin lugar de dudas alivia el esfuerzo que has hecho justo antes, pero solo para provocar otro.  Descender requiere que emplees todo tu cuerpo para evitar que te tropieces, caigas y termines la bajada rodando como una bola de carne y mochila con todas tus pertinencias adelantándote por el camino.  Como consecuencia aumenta el estrés sobre las articulaciones, y a mí me preocupaba en particular la rodilla porque fue un fallo en ese punto lo que causó mi infierno particular el año anterior.  Con más de noventa kilómetros por delante, no estaba dispuesto a experimentar semejante sufrimiento.

          En este caso, las rampas eran especialmente empinadas por tanto adopté una táctica de zig-zag por la carretera para reducir el pendiente.  No sé si parecía más profesional o a un idiota total.  Pero conseguí llegar abajo, al igual que los demás, ilesos.  Solo faltaban un par de kilómetros para la entrada de Redondela, donde decidimos que pasaríamos nuestra primera noche en un albergue público.   Que tiemble el Apostal. 

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