Yeah, right! - Writings by Brian Murdock

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November 1, 2010

O Camiño: Diario de un peregino sin rumbo 24

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Pues Andrés y yo logramos entrar en el bar y rescatar a Javier y Aitor de un destino nada apetecible de trabajo forzado en la cocina al lado de un horno caliente y un cubo de 30 kilos de patatas.   Entramos por la fuerza.  Controlamos el local.  Nos acercamos a la barra para solventar la deuda pendiente.  Fueron 3.45€.  Pesqué de mi bolsillo 3.50€ y las dejé en el contador diciendo al camarero que se quedara con la vuelta por las molestias…gracias a Dios España sigue siendo uno de los únicos país occidentales donde una propina de 5 céntimos te puede ganar un “¡gracias!” pero es así… 

        …La etapa era mucha más corta que me esperaba y eso era una buena noticia para Andrés ya que le venía bien una jornada más suave para recuperar.  La guía de Información Infalible de Aitor había acertado totalmente.   Decía 18 kilómetros y efectivamente lo eran.  Además, había mucho aire fresco y una buena brisa, haciendo que el día fuera más leve.  Pronto estábamos cruzando un río en entrando en Padrón.

         Padrón es una parada esencial en el Camino porque es el lugar donde se supone que los restos de Santiago llegaron.  Como siempre, hay numerosas versiones, pero la que más me llama la atentción cuenta que, después de haber predicado en España (algo que muy posiblemente no hizo), volvió a Judea donde le decapitaron.  Se puede decir que alguien en el barrio no estaba contento de volverle a ver y que su decisión de regresar a casa fue contraproducente para su carrera profesional.  En fin, un par de discípulos suyos colocaron a él y su cabeza en un barco sin timón (algunos dicen que estaba hecho de piedra) y luego dejaron que surcara por el Mediterráneo, pasar el estrecho de Gibraltar (en esa época todavía española), por la costa de Portugal hasta un pequeño asentimiento en Galicia llamado Iria Flavia (hoy más o menos Padrón).     

            Me pregunto.  ¿Dondé está la frontera entre los hechos y la ficción?  Un barco de piedra me parece un abuso poético más que una licencia (aunque eso sí, se trata de Galicia por tanto lo de la piedra puede ser por eso), pero si lo piensas fríamente,  ¿hay algo plausible de esa historia más allá que existía un hombre que murió cuando le cortaron la cabeza?  Como ya os comenté, muchos dicen que Santiago ni siquiera pisó suelo español.  ¿Por qué le iban a enterrar allí?   

           Pues eso, amigos míos, es un asunto algo delicado, porque a raíz de esas dudas viene la siguiente pregunta: Si no es Santiago allí en el ataúd, ¿Quién es?   Nadie ha realizado ninguna una prueba científica y y apuesto a que no se hará jamás.  Ya está claro que lo de Santiago se basa en unos documentos escritos siglos después y los detalles de las crónicas hacen que Superman parezca un hombre normal y corriente.   Soy un estudiante de la historia y reconozco que investigar el tema es fascinante (os contaré más en la versión completa), pero para haceros una idea, hay quien dice que la persona inhumada en Santiago no es más que Prisciliano, el primer hereje de la iglesia católica.  No bromeo. 

         Pero no hay que estropearlo para los millones que sí han hecho el Camino a lo largo de los siglos.  Haz que la fe mueva todo.  Y lo hace más que os podéis imaginar. 

         Actualmente, el pueblo tiene más fama por sus pimientos que por otra cosa, “algúns pican, outros non”.  La tía Lola de Porta dice poder distinguir los dos solo con mirarlos, y me ha contado cómo…y es…ah…lo siento…es un secreto de la familia.  ¡Qué malo soy!

          De todas formas, Aitor y yo teníamos otro tipo de comida en mente.  Íbamos un poco por delante de los demás cuando entramos en la villa.  Buscábamos queso, pan y vino, la Santa Trinidad de la cocina europea, para almorzar y sabíamos justo donde encontrarlos.  Allí a nuestra izquierda había el mercado, la plaza de abastos como los llaman en Galicia, y en ese lugar pillamos una rueda entera de queso de Arzúa, un pan de forma y tamaño de un neumático, y en la tienda de al lado, una botella de mencía sin etiqueta.  Para ella tuve que comprar un sacacorchos en el todo-a-100 y voilá, un picnic en el parque que bordea el río y donde había una estatua de Rosalía del Castro, donde murió esta leyenda de la literatura gallega y universal.  Nos sentamos en un banco de piedra, naturalmente.  Todo en Galicia está hecho de piedra.  Las casas, las Iglesias, los edificios, las calles, los puentes, las mesas, las sillas, los niños, las vacas.   Es lo que le da carácter a esta tierra preciosa.  Voy a empezar a pedir cosas en piedra cuando esté allí a partir de ahora.  “Camarera, ¿Me trae un tenedor de piedra por favor?”

           Andrés y Javier llegaron poco después y nos regalamos una comida impromptu mientras observábamos como llegaban otros peregrinos, cada uno en un estado diferente.  Todos iban hacia el albergue y nosotros estábamos debatiendo sobre si deberíamos pasar una noche allí, vamos, a lo peregrino-machote, como brindis por el Camino.  Yo sabía que no sería lo mismo sin fräulein, pero el Camino me había enseñado que muchas cosas no nos salen como nos gustaría.  Después de numerosos pedazos de queso cremoso y pan y unos tragos de vino, era evidente que no nos íbamos a ningún lado…o por lo menos no íbamos a ponernos en una cola.  Era mucho más interesante disfrutar de la vida.

           “Vamos a hacer el siguiente…” sugirió Aitor mientras quitaba unas migas de pan de la boca.  “Esperamos aquí hasta la una menos diez y nos acercamos a ver qué hay.  Si hay espacio, genial, si no, que les den.”  Su propuesta fue recibida con un gran aplauso del Gastronomic Four.

             Justo a esa hora, Javier y yo hicimos un poco de trabajo de reconocimiento y descubrimos que el albergue estaba a tope y para los que llegaban más tarde o eran unos gotones como nosotros, habría sitio en el suelo del polideportivo municipal.  ¡Sí hombre!  Y un pimiento de Padrón.  Yo, dormir en un suelo de una cancha de baloncesto con miles de otros como si fuera la escena del hospital de Guerra en Lo Que El Viento Se Llevó?  ¿Y por cinco euros?  Yeah, right. 

             Así que tomamos la decision de buscar un hostal lo cual nos supuso un total de diez minutos.  Evidentemente la buena gente de este pueblo sabe que hay gente que piensa como nosotros y ha invertidos sus ahorros en crear negocios que adhieren a nuestras necesidades. 

             El dueño del nuestro nos cobró 20€ por cabeza.  Era un hombre atento que explicaba todo con sumo detalle.  Hasta cierto punto esto se agradecía pero la verdad es que había momentos en que excedía los límites de lo normal.  Por ejemplo, cuando llegó a la parte de nuestra salida al día siguiente, él nos dijo que dada la hora, que no estaría levantado para entregarnos un bollo y una mano de “buena suerte”, algo que comprendíamos perfectamente.  Así que nos explicó: Lo que hay que hacer es dejar la llave en la mesa esta.  Así.”  Y a continuación cogió una llave que sirvió de modelo y la colocó con cuidado sobre dicha mesa para ayudarnos a visualizar nuestro encomendado.  Asintimos la cabeza.  Justo después dijo: “Y ahora os explico cómo se puede salir del edificio.” Rodeó la mesa de recepción y se acercó a la puerta y dijo: “Usas esta puerta, coges el pomo, lo giras y tiras de el.”  Y por supuesto, lo siguió.  “Así.”  Y llevó a cabo el proceso para reforzar la nueva información que estábamos procesando.

           Muy bien.  No sé que pensáis vosotros, pero a mí me gusta pensar que con una sola mirada alguien pueda detectar que poseo las facultades suficientes para saber utilizar las funciones básicas de una puerta, pero por lo visto no le estábamos dando esa impresión.  Miré a mis co-peregrinos para averiguar quién de nosotros tenía cara de necesitar un cursillo para refrescar la memoria sobre cómo el tema pero no llegué a ninguna conclusión.  Así que deduje que o bien era un profesor convertido en un hostelero frustrado que pensaba que tenía como huéspedes miembros de Club de Fans De Forrest Gump, o que simplemente era un tonto de culo. 

         De todos modos, estuve a punto de vacilarle y preguntar: “¿Le importa repetir esa última parte otra vez?”  Pero corría el riesgo de que no pillara la ironía y que empezara de nuevo…desde el principio.   Así que, le dimos las gracias y subimos a nuestras habitaciones.

         Mientras nos preparábamos para comer, bajé a la calle rápidamente para llamar a mis padres desde una cabina y ver cómo iban las cosas allí.  Mi madre contestó y enseguida contó que habían recibido los resultados del análisis de sangre y que estaban muy bien.  Dijo que por primera vez en cinco meses estaba su enfermedad bajo control  y que se estaba recuperando.  

           Hmm.  Me quedé pensando.  ¿De quien eran esos huesos debajo del altar en la catedral de Santiago? 

 

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