Yeah, right! - Writings by Brian Murdock

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In Spanish,Madrid,Spain

January 9, 2013

Empezando el Año con un Viaje

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Intento ser lo más sensible posible en los primeros momentos del año para sacar alguna indicación sobre cómo me van a ir los próximos 365 días.  Es un razonamiento bastante irracional, he de ser sincero, y algo que evoca todo tipo de críticas desde el campo científico, pero como no pienso publicar esto en una revista profesional, que les den.

      En fin, las primeras horas me saludaron con alegría, abrazos, besos, música, baile y, por supuesto, las doce uvas de buena suerte al principio.  Embutir la boca con doce trozos de fruta como manera de arrancar la siguiente vuelta de nuestro planeta alrededor del sol, desde luego se aleja de la forma tradicional de celebrar este día en el resto del mundo, pero precisamente por eso resulta ser una de mis costumbres preferidas de España.

      Eso no quiere decir que no me he encontrado con situaciones de vida o muerte por culpa de intentar engullir la docena con demasiada agresividad.  Y tengo que reconocer que por muy divertido que pueda resultar, no es comparable con colocarte al lado de la chica más guapa de la fiesta para poder plantarle su primer beso del año, como es la estrategia en mi país, pero no cabe duda de que la boca no pasa el momento inactiva.

      Este año acabó un poco más relajado que lo normal ya que la abuela de la casa donde estaba cenando se dispuso a pelar todas las uvas de todos los participantes para reducir el riesgo de atragantarse, cosa normal, porque a nadie le hace ilusión empezar el curso solar en el tanatorio.  Después de todo, solo dispones de unos 36 segundos para completar la tarea.

      No obstante, lo de pelar las uvas siempre me ha parecido algo asícomohacer trampa y por consiguiente podría causar un efecto negativo en mi fortuna y futuro.

      Yo nunca pelo.  Y así se lo dije.  Dije que no era un “pelador”.

      Pero se empeñó y tampoco me apetecía acabar el año echando una bronca a una mujer de casi 80 años, así que cedí.

      Es una labor ardua y merece la pena evitarla a todo coste, pero supongo que está bien si alguien se ofrece a hacerlo por ti.  En el fondo sabía que era todo un detalle por su parte y se lo agradecía.

      Llegó la medianoche y con ella, las inminentes campanadas.  Primer llegaron los cuartos, ni caso.  Luego el plato fuerte.  Pasamos la prueba más o menos sin incidentes, aunque reconozco que la fruta despellejada estaba muy pringosa y tendía a quedarse pegada al plástico, provocando varios segundos de pánico con la idea de que me iba a quedar colgado y no seguir el ritmo de pelotón, pero logré alcanzar a los demás.

      Luego la música y el baile familiar durante un par de horas.  Es algo que me encanta de España.  Ves a gente de 3 a 83 años en la misma sala, riéndose, cantando y moviéndose a la música más variada que te puedes imaginar…y todos disfrutando.  Es ese algo de inocencia que nos falta a los americanos.  Pasándolo en grande, porque sí.

      Sobre las tres de la mañana decidí que había tenido suficiente y dije a todo el mundo que me iba.  Lógicamente la respuesta fue, “¿Por qué tan pronto?” Cosa que entendía porque realmente era muy temprano en este país, al contrario de los demás lugares donde la gente ya estaría sobada y durmiendo la mona.  No es nada fácil despedirse de los españoles porque les gusta insistir en que te quedes.  En el pasado no sabía qué hacer y muchas veces cedía, pero he aprendido que lo que tienes que hacer es ser firme durante un periodo crítico de 3-4 minutos y si aguantas, si lo superas, eres un hombre libre.

      Hablando de libre, mi mayor preocupación una vez en la calle era saber si iba a encontrar un taxi que no estaba ocupado ya que Nochevieja tiene fama de ser una de las más complicadas en este sentido.

      Mientras me acercaba a la esquina, noté que había numerosos taxis pasando volando.  También he observado que la mayoría llevaban las luces verdes encendidas, indicando como bien se sabe que estaban disponibles.  Esto me extrañó.  Lo mismo había sido porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que salía en esta fecha y no recordaba bien la situación; o, a lo mejor, la flota de taxis había crecido.  También se me ocurrió la posibilidad de que estaba en la acera del sentido contrario, es decir, de alguna manera, iba hacia el centro y no hacia fuera.  La mayoría de los taxis libres vienen desde fuera hacia el centro, ya que han dejado a sus clientes en su destino y ahora buscan a nuevas personas.

      En resumen, estaba contento de saber que no tendría que esperar casi nada.   Me subí, le dije con voz cansada al conductor a donde iba y envié un par de whatsapp a unos amigos deseándoles lo mejor para el nuevo año.  El mío, desde luego, había comenzado con buen pie.

       Cuando estábamos llegando, eché vistazo al taxímetro y vi la cantidad de 6,30€.  Al ser las fiestas y un tiempo para ser alegre y generoso, planifiqué redondear el coste final hacia arriba hasta 7,00€ que incluía una propina de 0,70€.  Después de todo, el pobre hombre tuvo que trabajar una noche con esta lejos de su familia y amigos.

       Soy consciente de que la propina puede sorprender a algún lector que no esté familiarizado con las costumbres de aquí.  Aquí la gente no se siente obligada a dar una propina, pero cuando se hace, suele ser una cantidad simbólica.

        En fin, el taxista se paró, y mientras iba sacando mi cartera, vi cómo él empezaba a pulsar todo tipo de botones en el taxímetro.  Aparece la palabra “suplemento” y a continuación la cantidad 6,70€.  Me dice con tono muy natural, “¡Qué bien!  Sale perfecto.  Serán 13,00€.”

       “¿Qué dice?  ¿Está seguro?  No me parece perfecto a mí.”

       “Más que seguro.  Es el suplemento de Nochevieja.”  Ya entendía porqué nadie cogía un taxi.  Solo el gilipollas de mí.

        Bueno, damas y caballeros, solo os puedo decir que era ya tarde y aunque estaba atónito ante el coste adicional, que, como pueden apreciar, era más alto de la tarifa real, no me encontraba con fuerzas de pelearme con nadie, sobre todo porque no estaba seguro.  El conductor parecía muy normal, desde luego.  Me había oído hablar. Lo mismo había entendido mi acento y decidió añadir un regalo especial para el guiri, pero tenía la sensación de que no.  ¿Había comenzado el año con un palo de un 106%?  Si era así, ya entendía porque había tantos taxis libres.  Este hombre ya se había llevado su propina, y tanto.

Madrid,Spain,Travel

January 1, 2013

Why I Fear the New Year

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I try to be as sensitive as possible to the early moments of the year in order to get a sense of which direction things will go for the next 365 days.  It’s an irrational procedure, frankly, and one which warrants an entire array of criticism from the scientific field, but since this post is not to be published in some scholarly journal, they can stick it.

     Anyway, the first couple of hours were greeted with cheers, and hugs and kisses and, of course, the twelve grapes of good luck which preceded everything.  The challenge of stuffing my cheeks with twelve pieces of fruit as a kickoff to the next lap around the sun does depart from the normal manner of celebration in this world, but it happens to be one of my favorite Spanish traditions precisely because of its uniqueness.

     That does not mean I haven’t been confronted with some near death experiences over the years as I took on gulping the daunting dozen down with a degree of aggressiveness.  And I have to admit it doesn’t quite match sidling up to the best looking girl at the party and planting her with the year’s first kiss, but it certainly provides for a little excitement.

     This year was a little more relaxed than usual since the grandmother at the home I was dining at set about peeling everyone’s grapes to reduce the difficulty of the task and, in passing, avoid any unnecessary gagging.  After all, you only have 36 seconds to perform and complete the task.  I have always felt that peeling was kind of like cheating and that doing so could have and unfavorable effect on my fortune that year.

      I never peel.  I told her I was a “skinner” myself.

      But she insisted and I wasn’t comfortable with ending the year by telling an 80-year-old woman to shove it, so I acquiesced.

     It’s an arduous task and worth avoiding at all cost, but as long as someone else is doing it for you, well then I guess it’s all right.  It was kind of her to offer and execute the task and I was grateful.

     Midnight came and with it, the imminent tolling of the bells.  Before them you have the tingling of the four quarter-hour chimes, and then onto the main event.  We rolled through the procedure rather uneventfully, with the exception that the fleeced fruit tended to stick to the plastic wrapping, causing a few moments of mild panic amid the thought I would find myself caught behind the rest of the country’s grape-gulpers, but I managed to stay with the crowd.

     Then it was music and dancing for the next couple of hours.  I have to admit that this is something I cherish aboutSpain.  People from 3 to83 inthe same room laughing and singing and dancing to the corniest music you could imagine.  And having a blast.  I have trouble revealing my corporal movement flaws in front of even the smallest of crowds, but I did get up and shook my booty from time to time.  The Spanish, on the other hand, can be totally unabashed about their dancing, especially when they are bashed.  So, it was good fun for everyone.

     Around three o’clock I decided I had had enough and told everyone I was leaving, which was met with the usual, “Why so early?!” which is no exaggeration since there were people in Madrid who hadn’t even begun to go out yet, let alone retire to their beds.  It’s a tricky challenge bidding farewell to a group of Spaniards who inevitably are going to insist you stay on.  In the past I would give in, but I’ve learned that all you have to do is be steadfast for about three or four critical minutes and then you are home free.

     My biggest concern once released from the home was whether or not I would actually find an unoccupied taxi, since New Year’s can be notorious for this problem and a rainy one, as was the case, would make things that much more adverse.

     As I approached the corner though, I noticed several taxis zipping by with their wet tires kicking up water and making that crisp damp sound on the asphalt.  I also observed that most had that distinctive green light on, indicating that they were free.  Hmm, I thought to myself, maybe it’s because I am not right in the center of town and in a direction which is going towards the heart of the city.  It can make a difference you know.  Most free taxis come from the outskirts while most taken ones head away from the center.

     The long and short of it was that I was glad to see I wouldn’t have to wait at all.  I plopped into the back seat, told the driver where I wanted to go with a tired voice, and zapped off a few Whatsapp messages wishing various people the best for the New Year.

     As we approached my corner I glanced at the meter and saw that it was 6.30€.  Being the holidays and a time for cheerful generosity, I mentally decided that I would up the final fare to 7.00€ and treat the man to a fairly plush tip.  After all, the poor man had to work on a night like this instead of being with his family or friends.

     My calculation for the gratuity my startle some of my readers who are not familiar with the way things work here.  In Spain, people don’t feel obliged to tip at all and often won’t, which is why a 50-cent keep-the-change is many times met with a sincere how of gratitude.

      In any event, the cab comes to a full stop, and just as I am tugging out my wallet, I see the man punching all sorts of buttons on the meter, the word, supplement appears on the screen, followed by the amount, 6.70€.  The man says in a natural tone, “that’ll be 13.00€ all together.”

      “What?!  Are you sure?” What was he, drunk?

      “Yeap.  New Year’s supplement.”

       It was late at night, ladies and gentlemen, and even though I was astounded by the extra cost tagged on, as you can see it was higher than the actual fare, I was in no position to dispute it because I did not know.  It had been so long since I last took a taxi on New Year’s Eve, I really couldn’t say if it was true.  The driver certainly seemed normal about it.  He had heard me speak; maybe it picked up on my foreign accent, which has stubbornly never disappeared.  Had I just been taken for a ride with a 106% mark-up?  Great.  What a way to begin the year.

     This man was certainly getting no tip from me.