O camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 16

En la cima de la Kournikova hicimos un nuevo amigo.  Era pequeño, muy peludo y no era ni peregrino ni mi antiguo profesor de historia de secundaria.  Solo un perro amigable.  Por su forma de sonreír, su andar, sus pequeños saltos se notaba que era un cachorro aún…uno de esos animalitos que alegran la vida.  Nos saludó justo en un punto donde el sendero giraba a la derecha y muy enrollado nos enseñó el camino hacia abajo. Casi se podía oír su vocecita infantil decir, “¡Hola chicos!  ¿Queréis ser mi amigo? ¡Seguidme!” 

            Además este amiguito tenía algo especial.  Te caía bien enseguida.  Le saludamos, le hablamos con cariño, le acariciamos un ratito y seguimos andando unos cien metros.  Ahora bien, hay muchas cosas que se me dan mal, pero los perros no son una de ellas.   Pero no siempre acierto, porque cuando volví la mirada y vi que nos seguía mirando, se me ocurrió con lo sería, retrospectivamente hablando, una idiotez total.   Saludé con la mano desde lejos y grité “¡adiós!”

            ¡Vaya error!  De repente el chucho venía se lanzó por la pista hacia nosotros con una alegría impresionante.  Se acercó y nos miraba como diciendo, “Gracias chicos por ser mis amigos.  ¿Qué hacemos ahora?  ¿Queréis enterrar un hueso juntos?”  Vaya por Dios.  El chavalín era tan mono y estaba tan ilusionado.   Nos reímos mientras le rascábamos la tripa y detrás de las orejas unos minutos para agradecerle el esfuerzo de venir a vernos otra vez y para despedirnos. 

            ¡Menudo fallo otra vez!   En cuanto nos pusimos en marcha, en vez de volver a su puesto de guardia allí arriba, optó por seguirnos.  Andrés y yo continuábamos andando, pensando que en algún momento que el can daría la vuelta.  Pero no.   Este adorable hallazgo se había convertido en una mascota de por vida.  Corría a nuestro lado, brincaba hacia delante y hacia atrás, jadeaba alegremente, olfateaba las puntas de nuestros zapatos, acto que me provocó cierto nerviosismo ya que no quería que hiciese pis allí. 

              A los dos kilómetros empecé a darme cuenta de que, por lo visto, el amiguete no tenía dueño y yo sospechaba de que acabaríamos en Santiago con un terrier peludo al lado nuestro.  Incluso le dimos un nombre: “Santi” .  Cuando llegamos abajo, o casi, había una fuente con agua fresca del monte.  Vimos a Aitor y nos enseñó algo de la empanada en su mochila que para entonces parecía un puré.   

             Santi se quedó fijándose en nosotros pero más bien en lo que teníamos en las manos.  “Dale algo,” dijo Andrés. 

            “Ni de coña.  ¿Sabes lo que podría suponer eso?  Vamos, hasta Madrid me seguiría.”

            “Perfecto.  Y así podría quedarse con las niñas en tu casa.  Les encantaría.” 

            Hombre, ya lo creo que estarían contentas.  No yo, por mucho que me gusten los animales.  Es que el paseo nocturno…¡Ni hablar!   “Sí, hombre.  Otro peregrino que alimentar.” 

             Luego se me ocurrió uno de esas jilipolleces que solo se me ocurren a mí.   A lo mejor el perro era el mismísimo Santiago disfrazado, como el príncipe que va de mendigo en los cuentos.  Si era así, lo mismo era una manera de medir mi generosidad.  No sería la primera vez.  Hace años hubo un incidente que me lleva atormentando desde entonces.   Ocurrió la Noche de Reyes cuando, para mi asombro, descubrí a un inmigrante que dormía en la primera planta.  Era subsahariano (que en España es una manera políticamente correcta de decir negro) y le vi tumbado delante de una puerta.  Me encontré con un vecino y le dijimos que aquel no era un lugar para dormirse.  El hombre no sabía cómo responder y protestaba lo mínimo.  Dijo “Pero es Reyes.”   Ese comentario no nos hizo cambiar de idea.   Se levantó, y casi me cago encima.  Era el hombre más grande que había visto en mi vida.  En la vida de mi vida, como diría una de mis hijas.  Era el tamaño un armario…un armario para guardar coches blindados. Podía haberle levantado al vecino con una mano y usarlo como martillo para clavarme a mí en el suelo.  Pero no hizo nada.  Se me nubló la vista y apenas recuerdo más que sus últimas palabras antes de salir, “Buenas noches.”  Yo siempre he pensado que me había equivocado allí, que lo suyo era ayudar al prójimo, que un rey mago oculto.  Y no lo hice…no lo hice.

              …Sin embargo, esto era un perro y, vamos, creo que podía confiar en que no fuera otra prueba de Dios.  Sería ridículo.  Así me quedé allí pensando pero no llegué a tomar una determinación porque en una cuestión de segundos aparecieron los scouts italianos en masa.  La combinación de juventud y cachorro resultó ser un amor a primera vista.  Aparté la vista para hacerme el despistado y esperaba a que Santi les siguiera.  Funcionó.  Nuestra mascota por un minuto salió disparado detrás de ellos, y pronto ya no se le veía por ninguna parte.  Estaba aliviado y mosqueado a la vez.  El maldito chucho me había dejado por la primera persona que pasara.  ¡Ingrato!  No hacía falta que se quedara conmigo, pero un lloriqueo ligero, una despedida emotiva, un lamido en la mejilla antes de salir corriendo hubiera estado bien, digo yo.  Pues nada. Que me fastidie.  A ver qué pasaría más adelante en el camino.  

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