Dando Calabazas

Uno de los productos más cotizados en el mercado madrileño esta semana se encuentra dentro de una pequeña lata.  Es un producto que en tierras norteamericanas apenas lograría una pestañada de interés del consumidor, pero que aquí cobra una importancia que jamás sospecharían los españoles.  Se trata de una lata de calabaza.  La calabaza para hacer las famosas tartas de Thanksgiving que llevan su nombre.  La bote que se vende solo contiene, por muy sorprendente que parezca, 100% calabaza.  El resto lo tienes que añadir después.

     La verdad es que no es fácil encontrar calabaza siempre en ningún sitio, estés donde estés.  Ni siquiera en Estados Unidos.  La verdura/fruta tiene la mala costumbre de caer víctima de todo tipo de enfermedad y responde mal a ciertos cambios climáticos.  La producción puede ser volátil.  En 2009, fuertes lluvias afectaban las cosechas en em Medioeste, y la mayor productora de calabaza envasada, Libby’s, se vio obligada a confesar que a lo mejor no llegaban a alcanzar los números para satisfacer todo el hambre Thanksgiviano en USA.  Por lo visto, algo así ocurrió de nuevo en el 2011, a causa del huracán Irene, y en el presente año, por no sé qué razón, la planta tampoco ha dado que se esperaba de ella y nuestros amigos en Libby nos advierte que va a ser un año de escasez de nuevo.  Por lo que veo, ser agricultor de calabazas es casi más precario que ser dueño de un video-club.

     Thanksgiving es una tradición tremendamente americana que intriga a los españoles porque se trata de reunirse con la familia y comer hasta reventarse la tripa, dos pilares de la vida de aquí.  Aquí muchos norteamericanos preparan la comida pero la sociedad local lo observa con curiosidad y envidia (mis alumnos se cabrean cuando se enteran de que no hay colegio allí), pero no lo han acogido con las ganas habituales que muestran hacia una festividad.  Lo que sí ha logrado arraigarse es el temido Viernes Negro, o Black Friday.  Es el día de shopping por excelencia.  Lleva pocos años pero ha tenido una evolución extraordinaria.

      Desde que era pequeño se le conocía el día después de Thanksgiving como la jornada de mayor ventas de todo el años.  O eso decían.  Pero poco más.  No la llamábamos Black Friday, ni había colas kilométricas fuera de las tiendas.  Por lo visto, el nombre originó en la zona de Filadelfia en los 70 y se extendió a partir de ahí.  En los 80 empezó a extenderse por todo el país.  Se cuenta que el apodo viene de los números negros, es decir, los beneficios que sacaban las tiendas ese día.  Esa teoría siempre me ha sorprendido, porque el costumbre de juntar el color negro con un día siempre se ha hecho por un motivo negativo, como una masacre u otra tragedia.  Sin embargo, esto era todo lo contrario, desde el punto de vista de los negociantes.  Y así se lo he contado muchas veces, convencido de esta ironía.  Pero resulta que el día sí que está relacionado con el horror de las compras, del tráfico infernal en las calles y con el agobio de las tiendas.  Eso sí tiene sentido.

       En los años 90, el Black Friday despegó como la incuestionable etapa reina de compras.  Todos los años, las furgonetas con sus parabólicas montadas encima y los cameras y reporteros descendían a las puertas de los grandes superficies de carácter barato para mostrar al mundo las colas de gente de todas edades esperando pacientemente al comienzo de la jornada.  Y, en algunos casos, no tan pacientemente.  En 2008, en el Walmart de Valley Stream, en el estado de Nueva York, 2.000 nerviosos clientes literalmente asaltaron la tienda al abrirse las puertas, tirando al suelo el único vigilante allí.  En vez de echarle una mano, la masa de consumidores hambrientos atropellaron al hombre, de 34 años, y seguían pasando por encima de él, pisándole en el acto hasta causarle la muerte.  Pocos hicieron nada para salvarle.  Pocos se pararon.  Solo tenían una cosa en la cabeza: ese televisor plasma Samsung de 50″ y con HDTV, esa camera Canon, esa aspiradora a mitad de precio.  A nadie le importaba la vida que se les iba delante de ellos. Los compañeros de trabajo intervinieron para evitar que la ola de humanidad aplastasen al hombre, pero ya era tarde.   Y después, cuando la tienda cerró sus puertas para atender a la víctima, aunque poco pudo hacer, algunos incluso protestaron.   Sigue siendo para mí uno de los actos de captalismo, del consumismo, de la avaricia más viles que jamás he conocido.

      Ese fervor.  Ese ansia por comprar.  Eso es lo que se ha popularizado aquí en España.  No el encuentro familiar en el que se dan las gracias por la suerte que tenemos en la vida.  No ese momento para reflexionar sobre realmente nos importa en la vida.  En el fondo, no lo pido para España.  No necesita un Thanksgiving, además, al igual que Halloween, es una tradición que nada tiene que ver con este país.  ¿Y el Black Friday?  ¿Por qué tiene que prosperar ese día?  Quizás, como algunos dicen, el dinero es el lenguaje que mejor se traduce entre los idiomas del mundo, que mejor cruza las fronteras con más facilidad.  Así acabamos dando calabazas a las mayores virtudes de nuestra forma de ser.

      Happy Thanksgiving.

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