Madrid en Crisis: 22 de Agosto

Un amigo me confesó: “Brian, las cosas están fatal.  Pero fatal, fatal.  No tenemos dinero para nada.  Tengo tres películas que quiero rodar, y nada de nada.  El mundo del arte está por los suelos.  No tiene dinero, y lo que es peor, no tiene ideas.”

            “¿Cómo piensas vivir?”  Porque la verdad es que el Plan del gobierno de pasar 400 euros a los más necesitados tampoco va a solucionar gran cosa, pienso yo.

            Mi amigo se ríe.  Una buena carcajada.  “No tengo ni idea.  ¿Ves?  Estoy como el arte.  No tengo ni idea.  A ver qué podemos hacer.  Quiero hacer algo sobre la Guerra Civil.”

            “¡Dios!  Tú también.  Pero es que no te das cuenta de que ya no se puede hacer obras sobre ese tema.  Está muerto.  Ya aburre.  Me aburre a mí y eso que llevo menos años aquí.”

            “Ya, pero esta vez va a ser diferente.  Ya te digo.  Va a ser sobre los periodistas en el Hotel Florida en Madrid durante los bombardeos de Madrid.  Los muy cabrones.  No los periodistas, sino los de Franco.  ¿Sabes quienes estaban allí?  Hemingway, Dos Passos, Langston, ese era el negro.  Unos cuantos rusos también.  Gente de todas partes.  Podría ser chula.”

            “Eso sí.  Pero a ver…”  No estaba muy convencido.  Cuando se revierte a esos temas, es que sinceramente las ideas se nos están acabando.  Lo mismo sorprende con algo nuevo y novedoso.  El Hotel Florida ya no existe.  Era un hotel hermoso hecho por Antonio Palacio, el mismo del Palacio de Comunicaciones y el Círculo de Bellas Artes.  Se situaba en la Plaza de Callao, y fue derribado en los años 60 para construir el Corte Inglés.  Así son las cosas.  Según.

            Los reporteros subían al edificio de Telefónica y de ahí enviaban sus historias a todo el mundo.  La Guerra Civil se considera como el primer conflicto cubierto por los medios de comunicación modernos.  Las noticias llegaban enseguida, y con una voz para darles más vida.

            De estas cosas hablamos en la barra del Mini Teatro Por Dinero.  Al final no entramos a ver a ninguna obra.  Tomamos cerveza y hablamos de películas, de libros, de viejos amigos y sueños.  Cuando llegó el momento de abandonar el sitio o caerse del taburete, salimos a la calle Ballesta y hasta la Calle Desengaño, nombre que no engaña.  La zona se está regenerando pero hay momentos en la noche cuando tiene que ser el lugar más triste del mundo.  Seguro que ha habido unos cuantos que se han suicidado aquí.  Pasa una mujer, que parecía una mujer pero que de cerca deja claro que no.  “Mira,” dice mi amigo, “esta tiene un rabo como un bate de béisbol.”  No me preguntes por qué lo sabe.  Yo tampoco se lo pregunto.  “Y aquí, aquí en esta esquina,”  Desengaño con Valverde, “es donde Goya expuso por primera vez sus Caprichos.  Y ahora es un puto sitio de juego.”

            “Y apuestas.”

            “Y apuestas.  Efectivamente.”

            “Bueno.  Apropiado, si quieres saber mi opinión.  Por muchas razones.”

            Puede ser.

            Llegamos a la Gran Vía, imaginábamos cómo era la situación en 1937, inspeccionamos la fachada del edificio Telefónica, con los parches de los impactos de balas y bombas.  Los miramos fijamente.  “Imagínate.  Hubo un corresponsal que cuando venía hasta acá dijo que vio los sesos de una víctima deslizándose por la pared de uno de estos edificios.  Dijo que jamás fuera capaz de olvidar esa imagen.”

            “Lógico.”

            Reflexioné.  “Creo que tengo una idea.  ¿Y si hacemos un documental sobre las fiestas de España?  Ya sabes, algo que realmente dice algo.  Forman una parte milenaria de esta cultura y siguen más vivas que nunca hoy en día.  Puede ser la solución de todos nuestros problemas.”

            “No está mal.”  Me dijo.  Seguimos nuestro camino hacia el Cibeles donde él iba a coger un búho y le paré en una esquina y señalé con el dedo un local en una primera planta.  Era unas oficinas.  Tenían ventanas enormes que recorrían hasta el final.

            “¿Ves esto?  Aquí es donde trabajé por primera vez en Madrid.  Todos los sábados y luego un poco más.  Lo que pasa es que el tipo no tenía clientes y nos había contratado a unos cuantos a jornada completa.  No tenía ni un duro y me fui antes de que llegara la quiebra.  Lo veía venir.  Efectivamente, unos seis meses antes se fue al pique.  Y desde entonces, que sea que es el dueño no ha vuelto a alquilar el local.  Desde 1992.  Hace veinte años. Mira…siguen los carteles de ‘Se Alquila’.  ¿Crees tú que está notando la crisis?”

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