Canido: The colors of urban revival

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Canido: The colors of urban revival
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Meninas de Canido is an urban art and muralism project that, inspired by Velázquez’s famous painting “Las Meninas”, transforms the Ferrol neighborhood into an open-air gallery, filling its streets with hundreds of reinterpretations of the classic, but with a vindictive and cultural approach to revitalize the area and counteract its abandonment. Listen and learn more.

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Canido: The colors of urban revival

(Image: Brian’s Spain Domain)

Meninas de Canido is an urban art and muralism project that, inspired by Velázquez’s famous painting “Las Meninas”, transforms the Ferrol neighborhood into an open-air gallery, filling its streets with hundreds of reinterpretations of the classic, but with a vindictive and cultural approach to revitalize the area and counteract its abandonment. Listen and learn more.

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Let’s Open a Bottle: Godello White Wines

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Let’s Open a Bottle: Godello White Wines
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Up until recently, the Godello white grape variety was generally unknown in most parts of Spain, let alone the rest of the world. These wines are made in the northwest of the Spain, but the most celebrated versions come a small region in Galicia called Valdeorras. You can also find Godellos from Bierzo and Monterrei. In the last couple of years, their popularity has soared in cities like Madrid. Listen and learn more.

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Let’s Open a Bottle: Godello White Wines

Up until recently, the Godello white grape variety was generally unknown in most parts of Spain, let alone the rest of the world. These wines are made in the northwest of the Spain, but the most celebrated versions come a small region in Galicia called Valdeorras. You can also find Godellos from Bierzo and Monterrei. In the last couple of years, their popularity has soared in cities like Madrid. Listen and learn more.

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O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 32 (¡y se acabó!)

Hace muchos años, aunque posiblemente no tantos como a algunos creen, el típico cristiano practicante y creyente (porque los dos no tienen por qué ser el mismo, ni al revés) salía de su casa, fuera donde fuese, y se echaba a andar con la intención de hacer realidad un evento único en su vida: El peregrinaje a la ciudad santa de Santiago de Compostela.  El viaje podía tardar entre unas horas y varias semanas en cumplirse, incluso meses.  Todo dependía del lugar de inicio, el estado del caminante…y las condiciones atmosféricas.  Para llegar hasta Santiago, normalmente andaban grandes distancias con un calzado que valía para todo menos un pie ni esas distancias.  Como consecuencia, los dedos acababan deformados, los talones martillados, los tobillos torcidos e hinchados; las articulaciones de todo el cuerpo les dolían más allá de lo que se podía imaginar y sus músculos se quejaban sin cesar.  Los caminantes tenían que soportar un sol castigador que le abrasaba, un lluvia con mucho viento que le azotaba, unas mañanas heladas les congelaba y hasta nevadas tremendas que les torturaba.   Cruzaban de puntapié por ríos, daban pasos pesados por el barro y pisaban piedras dolorosas.  Se caían enfermos. Tosían, estornudaban,  respiraban mal, tiritaban, vomitaban, se derrumbaban y, de vez en cuando, perecían.  Un poco más o menos como me sentía la primera vez que intenté hablar con el castellano con un grupo de 20 españoles en un restaurante ruidoso.

               Si el Camino resulta duro para nosotros hoy en día con todas las amenidades a nuestra disposición, aquel entonces tenía que ser una vivencia horrenda, algo que solo la suerte y mucha fe podría aliviar.  Los que sí llegaban, los que sobrevivían, se sentirían especialmente afortunados, casi unos elegidos.  Habrían entrado en Santiago de Compostela agotados y humillados por la experiencia, como niños de Dios, y en algunos casos se arrodillaban maravillados por la grandeza del momento.   Luego ascendían la escalera de la catedral, metían cada dedo en la columna del Pórtico de la Gloria, pedían sus deseos, adoraban al apóstol según la tradición, asistían a misa, daba homenaje a todo aquellos que tenían que homenajear, junto las manos fuertes en oración piadosa, cerrar los ojos bien e implorar el perdón y gracia del Señor.  Escuchaba el canto gegoriano al fondo, olía el dulce y pungente olor del incienso mientras penetraba su olfato y su cerebro, y luego se caía al suelo de rodillas y gritaba por dentro “Aleluya.  El Señor es grande.  El Señor es misericordioso.  Me ha dado la oportunidad de ser testigo del sitio donde se encuentran los restos del Apóstol Santiago.  Por eso he venido.  Para eso he venido.  Todo esto ha dado un nuevo sentido a mi vida.  Nunca seré lo mismo.”        

              Entonces, se levantaba y se daba la media vuelta y se disponía a regresar a casa…andando. 

              Eso es.  Andando.  Caminando.  Viajando a pie.  Cada puñatero kilómetro hasta su propia cocina.  Nada de trenes.  Nada de autocares (menos mal).  Nada de taxis ni aviones.  Ni siquiera un carruaje viejo.  ¡Vaya putada!

             Menudo marrón ¿verdad?  Nada de indulgencias plenarias esperándote al final del camino, solo una cabeza envuelta en un pañuelo, una mirada tan intensa que podía partir átomos, y un rodillo en una mano bailando en la palma de la otra acompañado por las palabras: “¿Dónde coño has estado tú los tres últimos meses, ¿eh sinvergüenza?”  

             “He estado comiendo pulpo y pensando en Dios,” hubiera sido una buena respuesta y casi merecedora de un buen porrazo.   

              La tecnología moderna nos ha ayudado a superar el obstáculo de la vuelta.  No obstante, hay quien cree que realizar el Camino de verdad implica volver a tu punto de partida de la misma manera de la que viniste.   Yo pienso de ese razonamiento es una tonelada de fertilizante vacuno porque, para empezar, no existe una manera “real” de hacer el Camino.  Por ejemplo, los famosos 100kms son meramente una forma de estandarizar el peregrinaje.  En nuestra era en la que todo tiene que ser reglamentado, nos volvemos locos pensando en ser lo más purista posible, como si alguien arriba nos estuviera apuntando cada acto nuestro.  Tonterías.  Además, antes los peregrinos no tenían más remedio que usar el motor-propio, así que tampoco hay que pasarse.  Dichas tonterías de doctrina purista tienden a ser una fabricación de los ignorantes y su ignorancia.  Aun así reconozco que hay algo atrayente acerca de la idea de realizar el Camino cómo se hizo originalmente y no descarto esa posibilidad en el futuro.  Y sí hay personas, aunque pocas, que lo hacen.  Las he visto.  Las flechas que señalan la vuelta son de color azul, pero os puedo asegurar que son pocas frecuentes.  Casi te conviene más girar la cabeza mucho y fijarte en las flechas amarillas que vienen de frente. 

             Nuestra elección era el Hyundai Matrix de Andrés, el coche más seguro de Europa, al que había llegado a conocer bien.  El problema era que al día siguiente a las ocho y pico, nuestro piloto no estaba en condiciones de coger el vehículo, por tanto cogí el mando y fuimos volando por las carreteras casi hasta Benavente, cuando Andrés me relevó.   El regreso fue tranquilo y poco interesante.  No hablamos casi nada.  No había mucho que decir de todas formas.  El Camino había sido una experiencia tan tremendamente satisfactoria en tantas maneras, habíamos hecho tantas cosas en seis días, ¿Qué podíamos añadir?  Me puse a pensar en la gente a la que conocí, a los hermanos de Huelva (que por cierto, después de encontrarnos en la Plaza del Obradoiro, nunca los volví a ver), en la pareja de Valencia, en las beatas, en los scouts de Italia que habían sido devorados por Santi el terrier asesino.  Pensé en los mis co-peregrinos Aitor, Andrés y Javier.  Eran, y son, unos tíos grandes, gente maravillosa.  Habían sido los compañeros perfectos.  Estaba especialmente contento por Andrés.  Seis meses antes le había dicho que no había cosa que me podía hacer más feliz que entrar en Santiago con él los dos juntos.  Ese hombre había superado todas las expectativas (sobre todo la de no morir).  Había sufrido mucho y se lo había pasado de puta pena durante largos trechos. Pero volvía a Madrid victorioso.

              Y también pensé en la gente que ha sido y sigue siendo vital para mí día tras día.  La gente que nunca dejará de serlo.  Pensé en las personas por la que hice un peregrinaje como mi madre que había recibido esas noticias tan buenas esa misma semana.  Era necesario hacer el Camino por ellos y por nada a cambio y luego dejar que el destino haga el resto al llegar a tu destino. 

                Como toda salida de la realidad, sobre todo una que nos había sido tan fascinante, tan satisfactoria y entretenida como nuestro viaje, nos hallamos atrapados en una mezcla de emociones.  O por lo menos, eso me pasaba a mí.  Por un lado, me apetecía reincorporarme en mi vida (¡¿quién puede resistir un abrazo de sus hijas?!), y entrar de nuevo en la sociedad pero por el otro lado me daba miedo.  Quería quedarme en el Camino más tiempo, como Huckleberry Finn en el Río Mississippi, porque me relajaba tremendamente.  Supongo que era una reacción natural.  Supongo…   

              …Recuerdo que en los siguientes días hablaba con numerosas personas sobre el Camino.  Me resultaba interesante ver cómo respondía cada uno.  Algunos preguntaban generales sin profundizar, otros querían saber todo tipo de detalles, y hubo otros incluso que no querían saber casi nada en absoluto.  Casi todos, eso sí, manifestaban un deseo de hacerlo algún día.  Yo les comprendía perfectamente porque no hace mucho era como ellos.  Solo tenía palabras de ánimo aunque me preguntaba si alguna vez darían ese paso.  No era muy grande, pero era difícil levantar el pie la primera vez.  ¿Acaso no había muchas cosas de la vida así, donde tenemos sueños bien dentro de nuestro alcance y, sin embargo, por pensar que quedan más lejos, fallamos a la hora de hacerlos realidad? ¿Acaso no había caminos esperándonos que obviemos por la sola razón que no los conocemos?  El hacer el Camino era un reto necesario en mi vida…un reto que tendría que repetir una y otra vez.

                Si me apuras, diría que el Camino se asemeja a ser padre (salvo el hecho de que el Camino me supuso 6 días y mi vida paternal lleva a la fecha de hoy 4296).  Yo sabía de antemano que sería diferente, que sería duro, pero que sería gratificante.   Sabía que cambiaría mi vida para siempre.  Lo que no sabía era ni cómo ni de qué manera. Para eso, lo tienes que vivir personalmente.  Nadie lo puede hacer por ti.   

                Así que créeme, te estoy diciendo que sí puedes hacer el Camino.  Ya lo creo que sí.  Y no lo tienes que hacer por motivos ni religiosos, ni siquiera espirituales.  Lo puedes hacer por la razón que quieras, incluso por ninguna en absoluto, aunque aconsejo un objetivo o dos…eso es el profesor dentro de mí que sale en estos instantes.

                Te lo repito, puedes hacer el Camino.  Deberías hacer el Camino.  Por supuesto que sí.  No hay excusa.  Es una meta asequible.  Es literalmente tan fácil como, comprarte un palo de andar, una viera para colgar, y un pañuelo azul para ponerte (si quieres), salir por la puerta principal de tu casa y decir “Me voy.”

                Buen Camino.

                           – Para Mom & Dad

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 29

Como nos supuso casi toda la tarde conseguir la Compostela, apenas teníamos tiempo para otra cosa que cenar.  ¡Pobres de nosotros!  ¡Los sacrificios que uno tiene que asumir!  Aceptamos el reto con profesionalidad y orgullo.  Elegimos un sitio clásico en el casco viejo llamado Sixto (en realidad era el Sixto II, un “pariente”), y cenamos vieiras, pulpo, gambas y enormes cantidades de patatas y carne de buey, que no fue buey, según los expertos comensales que me acompañaban, y varias botellas de vino y postre.   La comida estaba rica y el ambiente tranquilo.  Casi demasiado.  Para dar un poco de vida al asunto, decidimos buscar un sitio para tomar una copichuela.   

             Ahora bien, la zona antigua de Santiago posee muchas virtudes pero una de ellas no es precisamente su vida nocturna frenética.   De tapeo es insuperable…pero en una cuestión de minutos se convierte todo muy tranquilo.  De hecho, desde el punto de vista de unos viejos rockeros marchosos como nosotros acostumbrados a Madrid, diría que ir de copas por ahí era más o menos una porquería.  Puede que esa opinión ofenda por ahí, pero es verdad.  La marcha de repente se lleva a otra parte.  Había algún sitio por allí y por allá, pero, vamos, eran estrechos y minúsculos y tenían tanto humo que solo valían para curar jamones.  Y luego había la gente.  Los 250.000.  Vamos, llega a prenderse el lugar y solo valgo para un cenicero.  Parecían auténticas trampas mortales. 

              En fin, no me apetecía salir en la prensa por ser calcinado, porque ser calcinado no mola, mires cómo lo mires, y además tenía otras aspiraciones en la vida que ser barrido.  ¡Joder! Tenía ya una Compostela en la mano.  ¿Cómo podría acabar la vida ya?  Me quedaba media vida de pecados por delante. 

             Así que pasamos de ellos y fuimos a un bar que antes había sido un pub irlandés donde trabajaba un amigo mío hace ya años.   Sin embargo, ahora es un bar de copas para jóvenes pijos.  No es una calificación mía.  Así nos lo describió unos minutos antes un lugareño.  Pues menudos frikis parecíamos nosotros.  Bueno, ellos también parecían frikis a su manera, lo que pasa es que eran más.  Salvo una mirada ocasional de “¿Qué coño hacéis aquí?” casi nadie nos hizo caso, lo cual no es necesariamente malo.  Simplemente, apetecía estar con más gente de nuestra especie (otros peregrinos para que nos entendamos) abrazándonos y cantando y haciendo algo cursi como cantar “Amigos para siempre” como una anuncio de Mahou.  Es que, de vez en cuando, se me va la olla.                               

            Tomamos una copa y volvimos a la calle.    

            Luego salimos y buscamos algo diferente, pero no lo encontramos.   Aún fuera del Camino te dabas cuenta de que las cosas no siempre coinciden con tus deseos.   En vez de seguir en nuestro empeño, volvimos a la Plaza del Obradoiro y nos sentamos en el centro, más o menos en el mismo lugar de esa mañana.  Había mucha menos gente paseando por allí y la luz de los focos engrandecían la fachada principal de la catedral. Y miramos hacia arriba.  Y miramos hacia arriba otra vez.  Una y otra vez.   Incluso me fumé mi único cigarrillo de todo el viaje para celebrarlo.   Seguro que me iba a dar un dolor de cabeza enorme al día siguiente pero me daba igual.  Sabía a gloria y merecía la pena.    

            Si alguna vez se os presenta la oportunidad de ir a Santiago de Compostela, sea a pie, en coche o en avión, os recomiendo que reservéis un momento de vuestros planes para sentaros en la piedra de la plaza inmensa y contemplar esa belleza que tienes delante de vosotros.  Sobran las palabras.  Es mi hora preferida de verla.  Siempre lo ha sido…

O Camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 22

Si se consiguió resucitar a la vieja fábrica, ¿por qué no se podía hacer lo mismo con el resto de Caldas?  Durante años ese pueblo bonito parecía que en algún momento hace unos 50 años todo su contenido se hubiera congelado en el tiempo, como si quisiera darle la espalda al futuro.   Se veía que había edificios hermosos, pero estaban viejos, abandonados y solo quedaban pequeños vestigios de una época más próspera.  Sin embargo, en la última década, ha habido una campaña para someterle al centro a un lifting serio, pero uno potente, de la clase que haría orgullosa a Cher.   Afortunadamente, Caldas tenía un bien natural a su favor.  Y es que el oro líquido en esas partes no es solo ese vino albariño que fluye por los depósitos de acero inoxidable hasta las copas, sino un elemento mucho más elemental…el agua.  Aguas termales, más bien.  Las propiedades curativas de dichas aguas se conocían desde tiempos romanos, los balnearios llevan desde el Siglo XIX.  Uno de ellos se encuentra casi colgándose sobre el río Umia, que atraviesa el centro urbano.  Recuerdo que no hace mucho el edificio estaba en un estado tan ruinoso que temía que algún día se derrumbaría en el mismo afluente, pero gracias a Dios se ha hecho una reforma importante y está francamente impresionante. 

             Javier me llamó cuando estaba casi de vuelta y me dio instrucciones a visitar un balneario para ver qué ofrecían a nosotros pobres peregrinos, así que me dejé caer en ese hotel por si quisieran proporcionarme con un masaje de pie o algo por el estilo, porque, vamos, lo valgo, ¿para qué nos vamos a engañar?  Personalmente, me veía atraído por la idea de encontrarme sucumbido por los encantos de una fisioterapeuta tipo amasando el suelo de mi pie con sus enormes pulgares, por tanto entré con las expectativas altas. 

             Entré en el lugar, por dentro era un poquito retro, como si saliera directamente de una novela de Thomas Mann, pasé a una sala a mi izquierda y me acerqué a la mesa de recepción donde me atendió una chica joven con un acento gallego alegre.  Me explicó amablemente que, como un no-huésped, no tenía derecho a los servicios del balneario. 

          “Así que ¿un “no-huésped” como yo no puede jamás gozar de un masaje por una ninfa del bosque o nada por el estilo?  

          “Efectivamente.  Bueno, si el hotel no estuviera lleno, eso sí, pero en estos momentos es imposible, lo lamento.”

          “No tanto como yo.”

           “De todas formas, aquí tiene usted…” sin acabar la frase me enseñó un folleto con los diferentes servicios, los horarios y, lo que más me interesaba, las tarifas.  Vaya por Dios.  Hay que ver con los cachondos.  Para ser un sitio consigue ingresos por haber cavado un agujero en la pared de su casa y dejado que entre agua caliente natural, desde luego saben sacar beneficio de ello. 

            “¡Dios!” Dije.  “Vaya cifra esta.  Creo que tardaría una semana en contar tan alto.  Vendrá con un happy ending supongo, porque, vamos, a ese precio creo…”

            “¿Perdón?”  

            “Déjalo.  En resumen.  El balneario está a mi disposición siempre que no esté lleno el hotel.” 

            “Y que haga usted una reserva con unos días de antelación.”

          “Bien.  ¿Y si hago la reserva con unos días de antelación y en ese tiempo se llena el hotel, tendré permiso para ser mimado como un príncipe?  Perdona la duda, pero es que estoy un poco espeso ahora.  He comido 16 kilos de patatas.”

           Parece que la pobre chica no se había planteado esa eventualidad, pero eso era porque nunca se había leído la novela Catch-22 y no sabía que esos tipos de incongruencias reinaban en nuestras vodas.  Encogió los hombros y contestó a lo más gallego: “Depende.”   

             Esto empezaba a ser un reto mental para mí así que dejé el tema.  Empecé a ver que la ducha de mi habitación tenía cada vez mejor pinta.  La pobre chica era simpática y solo seguía la política del hotel, así que decidí dejar de torturarla, darle las gracias y marcharme.   

            Para los pobres y cutres, hay una fuente, una burga  pública en la calle al otro lado del río que consistía en dos tubos de los cuales fluían suavemente dos chorros de agua mineral caliente.  Y cuando digo caliente, me refiero a temperaturas que usan para desplomar gallinas.  Se suponía que de una fuente salía agua más caliente que otra, pero las dos me parecían ardientes, vamos, lo suficiente para dejarte sin piel.   De todas maneras, conseguí meter el pie debajo un chorro durante unos segundos hasta que la pierna se me entumeciera y mis ojos se extraviaran en sentidos opuestos, que fue cuando lo saqué justo antes de soltar un grito primal.   En dosis muy, pero muy reducidos, supongo que hay placer en el.        

              Me encontré con Javier y dimos un paseo y luego volvimos al hotel.  Me duché mientras empleaba la técnica de Javi usaba para lavar su ropa.  Era un sistema ingenioso. Ya os dije que Javi era nuestro Super-Peregrino.  Era capaz de montar una tienda, confeccionar une jersey, matar a jabalí furioso y calentar una sopa con solo una cuchara.  Tenía más soluciones que IKEA.  Toda una máquina.  Pues con la ropa, se trataba de tirarla al suelo de la bañera un pisarla con los pies, mientras el agua y el jabón limpiaban las prendas; de esta manera, ahorraba tiempo, material y recursos naturales.  Por lo menos en teoría.  Claro está que después aprendí que sería recomendable lavarse uno mismo primero, dejar que se aclarara el agua sucia y luego empezar con la ropa, pero fui un poco guarro.  Son fallos de principiante.  Pero me hizo sentir como un superviviente de verdad.  Salí de la ducha con ganas de trepar un árbol o cazar un ciervo con mis dientes.  

              Salimos de nuevo, aseados, y nos encontramos con Aitor y Andrés, que ya tenía otra cara.  Estaba engominado y refrescado.  Para mí, había tocado fondo ese mismo mediodía.  Pero en vez de destruirse del todo, ya había empezado a reconstruirse.    

            Fuimos a misa en la iglesia de Santo Tomás de Canterbury y después a cenar en un sitio en el centro llamado O Muiño.  El restaurante era de los más conocidos del pueblo y con la noche que hacía de bueno era normal que cuando llegamos estuviera a tope.  Estuvimos a punto de darnos la vuelta cuando vimos al coruñés que había dado la mega etapa de Tui a Redondela con su amigo.  Estaban ya acompañados de dos peregrinas y nos invitaron a tomar unas cervezas con ellos.  Ellos no podían quedarse porque tenían toque de queda en el albergue, pero nos cedieron la mesa, temporalmente, porque la camarera nos cambió a otra mesa larguísima entre una pareja catalana y unos italianos.  Estaban encantados con la comida española y se pusieron las botas.  Nos hicieron buena competencia.  Nosotros, después de la comida que nos habíamos pegado, cenamos algo más ligero, pero hay reconocer que es todo muy relativo.  El plato estrella fue la cecina, curiosamente, del Bierzo, y estaba sencillamente espectacular.  La mejor que he probado en mi vida.

            Después de la cena fuimos casi directos al hotel.  El camino más corto nos condujo obligatoriamente por delante de la fuente de aguas calientes.  Ni Aitor ni Andrés las habían probado todavía así que nos descalzamos y dimos un baño a nuestros pies.  Al igual que por la tarde, no fui capaz de aguantar más de cinco segundos sin que me saltaran lágrimas, pero Andrés podía plantar las dos piernas en el charco de agua y no moverse durante minutos.  Sin inmutarse.   Sin gritar.  Sin soltar tacos.   Impresionante.  No era humano.   Estaba convencido de que el Camino le había pasado más factura que lo que había imaginado que ya no le quedaban nervios en sus extremidades.  Lo mismo le había pasado lo peor.

         “Estás muerto, tío,” dijo Aitor.

          “¿Qué dices?”

          “Que sí.  Que te has muerto hoy.  Si no, no me lo explico.” 

          ¿Cómo era posible que una persona que sufría tanto en El Camino fuera capaz de soportar semejante dolor durante tanto tiempo?  Me santigüé.

          “Me siento de puta madre,” dijo con una sonrisa.  

          Nos alegramos.    Y Mucho.

On the Road: Memories of a Pilgrim with No Direction 30 (And that’s it!)

Many years ago, though possibly not as many as some would believe, the average devote Christian would emerge from his home, wherever that may have been, and begin walking with the intent on fulfilling a once-in-a-lifetime event:  The pilgrimage to Santiago de Compostela.  The journey could take anywhere from hours to weeks, when not months, to complete.  It all depended on where their starting point was.  To get to the Holy City, they would walk great distances day after day with footwear that was good for anything but a foot or for those distances.  As a result, toes were mangled, heels hammered and ankles twisted and deformed; their joints would pain beyond imagination and their muscles would ache endlessly.  The walkers would endure a beating sun, wind-driven soaking rain, frosty mornings and bone-chilling snowfalls.  They would step through rushing rivers, trudge through mucky mud, and tiptoe over excruciating pointed rocks.  They would fall sick, cough, sniffle, groan, wheeze, hack, shake, vomit, collapse and, on occasion, perish.  Sort of like what happened to me on my first day.

                If the Camino is a tough go nowadays despite all the modern-day amenities, back then it must have been a rugged and oft horrid piece of traveling made tolerable only by a great deal of luck and an immense amount of faith.  Those who did make it, those who persevered, must certainly have felt fortunate, nearly chosen.  They would have arrived in Santiago worn out and humbled by the experience, God’s children kneeling in adoration and awe.  They would then ascend the steps of the cathedral, plug each of their five fingers in the five smooth sockets of the main column of the Pórtico de la Gloria (worn in over the centuries by the digits of previous pilgrims), go behind the altar, hug the apostle, attend mass, pay homage to all that there was to pay homage to, clasp their hands tight in pious prayer, squeeze their eyes shut and implore the Lord’s forgiveness and grace, imbibe themselves in the mystical sound of Gregorian chant, let the sweet yet acrid odor of incense penetrate their noses and brains and then fall upon the floor before the glory of the moment, and cry out “Hallelujah, the Lord is great.  The Lord is merciful.  The Lord has granted me the right to bear witness to the site where the holy remains of the Apostle Saint James lay.  This is why I have come.  This is why I am here.   This has brought all meaning to my life.  I shall never be the same again.”

                Then they would stand up, turn around and walk home.

               That’s right.  Walk.  All the way back to their goddamn kitchen.  No trains. No buses. No taxis to the airport.  Not even a rickety donkey-driven two-wheeled buggy.

               Now that would suck.  I mean, that would be a real bummer.  No full-scale pardon awaiting you at the other end of the road, but a head in a kerchief, an angry look that could split atoms, and a rolling pin in one hand being tapped in the other hand accompanied by the words:  “Where the hell have you been the last three months, you good-for-nothing weasel?”

              “I’ve been eating octopus and thinking about God” …It would earn you a good crack on the crown, but it might just be well worth the one-liner.

              Modern technology has helped us overcome that obstacle.  But there are those who feel, in fact, that the “real” Camino indeed entails returning to your starting point the same way you came and in the same fashion.  I believe that this is a total pile of Galician cow dung, because there isn’t any such a thing as a “real” way of doing it.  Plus, back then, it’s not as if the pilgrims had much of a choice.  Such doctrinistic purist hogwash tends to be the fabrication of the ignorant and their ignorance.  Still, there is something alluring about the idea of reliving the original process, and yes, there are some who actually retrace their steps back to where they came from.  The arrows pointing in the opposite direction are blue, but I can assure you that they are few and far between.  For the most part, you are better off just turning your neck a lot and sticking to the regular signs as you regress.

            Our choice of return was Andres’ Hyundai Matrix, the safest car in Europe, which by now had become like a friend to me.  The thing was our captain was in no piloting form at nine that morning, so I took the helm and sailed us through the first half all to way to Benavente.  Andrés took over from there and we cruised back to Madrid.  The return trip was quiet and uneventful.  We didn’t talk much, mostly slept.  There wasn’t much to say anyway.  The Camino was such an incredibly rewarding experience in so many ways, we had done so much in the past six days, what could we add?  We recalled an anecdote here and there, and laughed a little, but most of the time there we sat silently and listened to the music and, in my case, thought to myself.  I thought about the people I had met, the brothers from Huelva, the Saints from Belgium, the Italian Boys Scouts eaten alive by Santi the Killer Pilgrim Terrier.  I thought about my co-pilgrims Aitor, Andrés and Javier, and what wonderful people they were and what  a pleasure it had been for me to take to the Road with them.  I was especially happy for Andrés.  Six months before I had told him that he and I would walk into Santiago together, and there we were on our way back victorius.   The man overcame and outdid all expectations.  He suffered a lot and had a pretty crappy time for most of those kilometers, but he made it.  And he did it with tenacity and good humor.   God bless him, he made it.

                And I thought about all  the people in my life, my family and friends, and in particular my wife and daughters who had sacrificed their time so I could go  frolicking about in the countryside for a week.  I thought about all those I had done the trip for, and especially the good news I received about my mother.  I was lucky.  You must do the Camino for nothing in exchange and let destiny do the rest upon reaching your destination.

           Like any departure from reality, especially one as fascinating, satisfying and entertaining as that one, we were caught in a mixture of emotions.  Of course we were dying to get back to our friends and family; but at the same time, we were almost scared to reincorporate ourselves into society.  At least I was.  I guess it was a natural reaction.

           In the following days I remember talking to a number of people about the Camino.  Actually, it was interesting the way different people responded.  Some asked general questions without delving much further, others wanted all sorts of details, and still others asked nothing at all.  Most had never done the pilgrimage but almost everyone said they would like to one day.  I completely felt for them, since I used to be the same way.  I had nothing but encouragement for them, but wondered if they would ever take that step.  It wasn’t a big one, just oh so hard to raise your foot.  Wasn’t that like so many things in life, where there are dreams within our reach and yet we still fail to make them come true?  Weren’t there roads waiting for us which we pass by just to stick to the old and familiar?  Doing the Camino was a necessary challenge in my life, and one I could repeat over and over.

         I could almost liken the pilgrimage to becoming a father.  I knew it would be different, I knew it would be hard and I knew it would be extremely gratifying.  I also knew it would change my life all forever.  I just didn’t know how or in what way.  For that you have to go out and live it.  One big difference between the two was that I was on the Saint James’ Way for less than a week, and I have been a father for 4275 days and counting…but that’s another Camino all together.

         So, you can do the Camino.  You bet your life on it.   And you don’t have to do it for religious reasons, even spiritual ones.  You can do the Camino for whatever reason you want, for no reason other than you just felt like walking, though setting a goal or two to give it some meaning always helps…but maybe that’s just the teacher in me coming out.

         You should do the Camino.  Absolutely.  There’s no excuse.  It’s an attainable goal.  It gives direction.  It’s literally as easy as putting on your blue bandanna, walking out your front door and saying, “I’m going.”

         Buen Camino.

                                                        – For Mom and Dad

O camiño: Diario de un Peregrino sin Rumbo 19

Como cualquier buen viaje, el Camino también tiene sus propios contrasentidos.  Por ejemplo, para salir de Pontevedra primero tienes que pasar por ella. Entrar en ella. Atravesarla.  Conocerla.  Pontevedra por la mañana es preciosa.  Estaba tranquila, suave y dormida.  Era una ciudad a punto de levantarse, y hacía sus primeros bostezos y estiramientos en forma de un par de cafeterías abriéndose tímidamente o de un barrendero dando latigazos a un suelo cubierto de de ayer, de anoche, de una vida anterior y ya acabada.

            Cruzamos la ciudad muy a gusto.  No hay nada como un paseo matutino por una ciudad.  Las flechas nos condujeron por el centro, travesamos plazas y surcamos por las calles estrechas hasta salir por el otro lado donde el río nos cortó el paso.  Cruzamos el puente que dio nombre a la ciudad y nos fundimos en el campo otra vez. 

            La etapa prometía ser más leve que el anterior…una jornada más compasiva con los peregrinos.  Nada de cuestas brutales para destrozar nuestro interior, ni doblegar nuestras entrañas.  En cuanto a la distancia, se esperaba una etapa tirando más bien a mediana, pero bastante llana y agradable y poco nos hacía pensar que sufriríamos excesivamente ese día.  Teníamos previsto acabar en el pueblo de Caldas de Reis, un pueblo bonito conocido por sus aguas termales y balnearios.  Allí pensábamos disfrutar de una comida suculenta en un pueblo cercano llamado Portas, donde nació mi suegro.  Comeríamos en la casa de su hermana y su marido, dos personas tremendamente generosas.  Como íbamos a ser cuatro, tuve que llamar a la Tía Lola para decir que seríamos menos, puesto que Javier en principio no iba a llegar hasta la tarde, si es que llegaba al final.  Yo ya había visto que el Camino no te dejaba planificar las cosas con demasiada antelación.    

              Además había la emoción añadida de cruzar el umbral de la mitad del viaje en el kilómetro 57.  Claro está que nos quedaban otros tantos, pero sirvía para subir el moral.   Parece una tontería, pero son pequeños detalles que emocionan, así que cuando llegamos a un mojón en el que se ponía más o menos esa distancia, no dudaríamos en sacarnos una foto.

             Pero primero teníamos que llegar a ese punto.  Nada te llega gratis aquí.  Andamos por unas aldeas antes de penetrar una zona más bien sombreada y bosqueada (sé que no existe, pero me gusta).  También el suelo estaba sorprendentemente mojado.  Sorpedente por las fechas y por el verano que llevábamos de seco.  No quería ni imaginarme cómo sería aquello en los meses más húmedos.  Intransitable, vamos.

             En un momento salimos en un claro y allí avistamos una aldea da nada, vamos de poco más de cuatro casas rodeados por unos huertos y viñedos.  ¡Qué maravilla!  Cómo me gusta ver estas tierras ocultas apartadas de la vida agotadora y codiciosa de la ciudad.  En más de una ocasión de mi vida, había pensado en dejarlo todo y huir al campo en búsqueda de una vida sencilla y sin gente sin escrúpulos … Mientras me acercaba, vi cómo se asomaba por la puerta de una casa un hombre mayor. Se veía que era el típico anciano curtido, experimentado, real.  Un hombre con la piel como cuero y los ojos acuosos y tristes.  Un auténtico sabio del campo.  Como era mi costumbre como yanqui bobo enamorado de Europa, al pasar le saludé amigablemente esperando una réplica mutua de su parte e incluso un “Buen Camino”, pero cual fue mi sorpresa cuando oí algo bastante diferente “¿Quieres comprar una vieira?” 

            “¿Perdón?”

            “Una vieira.  Ya sabes.”

            “Las tengo a buen precio.  A 3 euriños.”

            ¿Pero qué decía este hombre?  O sea, aquí me encuentro en un mundo idílico y de repente me tengo que enfrentar a un ser intentando llevarse unas perras a mi costa.  ¿Dónde estaba la gente llana?  ¿Dónde estaba la gente buena y sencilla?  ¿Dónde estaba el tradicional “Buenos días.  Te estoy saludando porque me apetece y no porque quiero sacarte unos cuartos”?  En ningún sitio.  Como lo oís.  Allí mismo, pero forrándose a base de la venta de unas conchas pintadas.  Hay que jorobarse.  En el fondo, y eso porque soy estudiante de la historia y por tanto informado de estas cosas, sabía que no había nada nuevo en la práctica.   A lo largo de los siglos, la gente ha sabido aprovechar de los inocentes (y no tan inocentes) peregrinos que pasaban por esos caminos…

            Seguimos adelante.  Me tocó hacer un poco de ejercicio, así que hice un buen tramo de caminata solito a paso ligero.  A veces tanto el Camino como tu cuerpo te lo piden.  Seguí hasta llegar donde estaban los hermanos de Huelva, que habían parados descansar.  Me quedé hablando con ellos  hasta que llegaran Aitor y Andrés y luego los cincoseguimos juntos hasta un pueblo pequeño llamado San Mauro, más o menos a mitad de la jornada.  Vamos, más o menos.  Justo antes de llegar, fuimos adelantados por tres personas de las cuales la mujer me dijo, “Yo que tú me quitaba esa sudadera, que te va a hacer daño.”

            Que fue cuando me di cuenta de que era la misma mujer del día anterior que nos había dado esos consejos tan inútiles y evidentes sobre el tabaco.  Ahora se metía conmigo por llevarme una sudadera.    ¿Quién era?  Una tocanarices, ni más ni menos.  Pero esta vez, no la iba a dejar escaparse sin que le cantara las cuarenta.  Levanté mi palo de andar y abrí mi boca grité con cierta fuerza.  “¡Vale!”

            ¡Qué cobarde soy!  Nada.  No me sale.  Pero sí recuerdo que lo dije sin añadir “¡gracias!” después, por tanto se puede decir que era una pequeña victoria moral para mí. 

On the Road: Memories of a Pilgrim with no Direction 28

Getting the certificate took up the entire afternoon and the early part of the evening so we barely had time to do anything other than get ready for dinner, which even under the most distressing times was a challenge we felt we could take on with pride and professionalism.  We dined at a classic eatery in the old town known as Sixto (actually it was Sixto II, right down the road) and feasted on baked scallops, octopus, prawns, large quantities of beef and potatoes.  Our great meal was massive and delicious and a fitting way to end the trip, which came at the end of a long line of great meals, though I can’t quite say it varied significantly from the general eating practices of our expedition.    

                   The old town of Santiago has a lot of things to say for itself but one thing it lacks is a solid late night life.  In fact, from the point of view of some residents of Madrid who knew a thing or two about going out, it pretty much sucked.   There were a few spots here and there, but they were packed, packed with people, packed with smoke, packed with music, packed with a lot of reasons not to enter them…so we bagged that idea and searched elsewhere, trying not to venture too far.  We went into a place nearby the park which a couple suggested to us.  I remember it once used to be an Irish bar where a friend of mine worked but now was a nightclub for preppy young people, and boy did we look like freaks.  Well, actually, we looked no more like freaks than they did in their own strange preppy way, we were just outnumbered.  Hardly anyone took notice of us except for an occasional person stared at us warily with a look that said, “What the hell are you doing there?”

              The rest just about ignored us completely, which was all right with us on one hand but, to be honest with you, our big post-pilgrimage blowout was supposed to be something a little rowdier.  I was kind of hoping to be standing on some table with the big Huelva brothers, with a beer in my hand, sunglasses on and singing out loud “Louie, Louie”, but I have always had a tendency to construct fanciful visions of my future.  Right now, though, I would have settled for anything more fun than hanging out with a bunch of posh kids who didn’t seem to be enjoying themselves in the first place.   

                    No to be.  Even off the Camino, the Camino teaches you that things don’t have to be the way you would like them to be.  We stayed for a drink and walked back into the streets and instead of going in search of some other joint, we ended up back at the Plaza de Obradoiro where we took a look at the cathedral once again, but this time with far fewer people milling around and a ton of gorgeous lighting shining on the façade.  We sat down in the same spot we did when we arrived at midday and looked up again.  And we looked up again.  And we looked up again.  I even had my sole celebratory cigarette of the trip.  I was sure it would give me a tremendous headache the next day, but at that moment, it tasted great.  If you ever get to Santiago de Compostela, be it on foot or by airplane, I highly recommend take the time out of your schedule and take a seat on the stone ground of the immense square and just look at the beauty before you around midnight.  It is my favorite time to look at the cathedral.  It always has been…